un cálido escalofrío: MJ

Clica aquí para leer la versión  en catalán.

Nochebuena de 2016, para MJ

 

—Porque si no, no me lo explico. Porque lo que me pasa con este piso no puede ser otra cosa que alguien muriera aquí y…

Jordi deja de escuchar a María José y suelta una carcajada. Le hace gracia esta visión trascendente que tiene de la vida cotidiana. Eso le hizo enamorarse.

—Yo creo que debe ser eso. Es que si no, no lo entiendo: un fantasma o un elfo doméstico que me esconde las llaves con el llavero de unicornio.

Jordi sonríe desde el recibidor mientras María José pasea arriba y abajo, levanta almohadas y revuelve cajones. Él la llama por el nombre entero, aunque ella insiste en que le digan MJ, que María José suena a señora mayor.

La lavadora la había estropeado un espectro al que no dejaba descansar el ruido de la centrifugación. Las manchas de humedad en el techo tenían que ser algún mensaje cifrado del más allá —incluso intentó encontrar el significado en Google. Que no le suba el bizcocho de yogur como a su madre solo puede ser debido a algún maleficio.

Jordi le intenta explicar que las llaves con el llavero de unicornio están en la chaqueta que llevaba ayer, que sigue estrujada en el mármol de la cocina, donde la dejó cuando llegó con alguna copa de más de la cena de empresa. Que la lavadora es vieja y no ayuda a conservarla que no vacíe los bolsillos y las monedas se cuelen dentro del bombo. Que las humedades vienen del día que el vecino de arriba llenó la bañera y se durmió mirando baloncesto en la tele. Y que confunde la levadura en polvo con gelatina.

Pero ella no le escucha. Sigue buscando las llaves con el llavero de unicornio. Mientras tanto, él la seguirá observando. No tiene prisa por irse al otro lado.

 

 

Ilustración: Ariadna Sanz. Este cuento formará parte de un cálido escalofrío: dietario, que publicará el astronauta imposible en 2017.

un càlid calfred: MJ

Clica aquí per llegir la versió en castellà.

Nit de Nadal de 2016, per la MJ

 

—Perquè si no, no m’ho explico. Perquè el que em passa amb aquest pis no pot ser altra cosa que algú va morir aquí i…

En Jordi deixa d’escoltar la Maria Josep i fa una riallada. Li fa gràcia aquesta visió transcendent que té de la vida quotidiana. Això el va fer enamorar.

—Jo crec que ha de ser això. És que si no, no ho entenc: un fantasma o un elf domèstic que m’amaga les claus amb el clauer d’unicorn.

En Jordi somriu des del rebedor mentre la Maria Josep passeja amunt i avall, aixeca coixins i remena calaixos. Ell li diu pel nom sencer, tot i que ella insisteix que li diguin MJ, que Maria Josep fa de senyora gran.

La rentadora l’havia espatllada un espectre al qual no deixa descansar el soroll de la centrifugació. Les taques d’humitat al sostre han de ser algun missatge xifrat del més enllà —fins i tot ha intentat trobar-ne a Google el significat. Que no li pugi la coca de iogurt com a la seva mare ha de ser a causa d’algun malefici.

En Jordi li intenta explicar que les claus amb el clauer d’unicorn són a la jaqueta que portava ahir, que segueix rebregada a l’amanidor de la cuina, on la va deixar quan va arribar amb alguna copa de més del sopar d’empresa. Que la rentadora és vella i no ajuda a conservar-la que no buidi les butxaques i les monedes s’escolin dins del bombo. Que les humitats vénen del dia que el veí de dalt va omplir la banyera i es va adormir mirant bàsquet a la tele. I que confon el llevat en pols amb gelatina.

Però ella no l’escolta. Continua buscant les claus amb el clauer d’unicorn. Mentrestant, ell la seguirà observant. No té pressa per marxar a l’altre costat.

 

Il·lustració: Ariadna Sanz. Aquest conte formarà part de un càlid calfred:dietari, que publicarà el astronauta imposible el 2017.

Tarta de limón

Versió en catalá aquí: Pastís de llimona

 

“Cuéntame un secreto. Cuéntame algo que no me hayas dicho nunca, algo que guardes muy, muy, muy al fondo de tu corazón. Algo que no te hayas atrevido a contarme a mí, ni a nadie.”

Lo pedía con su voz pizpireta y con esos hoyuelos en las mejillas que le salían cuando sonreía. Él la miraba con esa sonrisa tan trabajada, mientras jugaba con el tenedor con el último trozo de tarta de limón que quedaba en el plato. Le gustaba ese pastel, reservaban una tarde a la semana para compartir una porción. Era de esas pequeñas tradiciones de pareja que habían conservado con los años, sentados al lado del ventanal de esa cafetería ruidosa: sin los niños, sin hablar de trabajo o de la cañería del baño que volvía a perder agua.

“Cuéntame algo, anda.”

Y se lo contó.

 

Llegaba el verano, hacía mucho calor y fuimos a nadar al río. Nos creíamos mayores, nos juramos que ese verano saltaríamos de la Roca del Tuerto, tocaríamos el lecho del rio con la mano y recogeríamos una piedra. Y todo el pueblo nos respetaría, seríamos los más jóvenes en hacerlo. Dejaríamos de ser niños, seríamos hombres. Esa tarde yo estaba dispuesto, él dudaba. Desde arriba de la roca, el salto parecía mucho más alto. Desde abajo, nos jaleaban. Él no quería, pero lo convencí.

Uno, dos, tres. Los gemelos saltamos juntos de cabeza. Me sumergí, alargué la mano, recogí una piedra y salí a la superficie. Oí vítores, luego gritos. A mi lado, el cuerpo de mi hermano flotaba bocabajo mientras el agua se manchaba de rojo.

Dicen que me desmayé y que éramos tan iguales que, hasta que no desperté, no supieron cuál de los dos había… muerto. Aún me cuesta pensar eso, pensar que Daniel está… muerto. Porqué esa tarde, en el rio, murió Daniel porqué yo lo obligué a saltar. Y no fue justo, así que Daniel debía vivir, y Max dejaría su vida, para siempre, flotando en las aguas frías del río.

Y desde ese día que dejé de ser Max. Era Daniel quien quería estudiar medicina, a Max le iba más la ingeniería. Pero Daniel fue el mejor de la promoción y se especializó en neurocirugía, dicen que para poder salvar a otros chicos que se golpeasen la cabeza.

A Daniel le gustaba esa chica de ojos azules, a la que le salían hoyuelos en las mejillas cuando sonreía. Y se casaron, y es feliz con ella, y con sus dos hijos. Al mayor quisieron llamarlo Max pero me negué. Max se fue para siempre en la Roca del Tuerto.

 

“Cuéntame algo… que no sepa.”

Dijo Eva, pasando el dedo por el plato, recogiendo el último trozo de merengue.

 

A Daniel no le gusta que haga esto. Se enfadó cuando entré en la facultad de Medicina, no me dejó estudiar la noche anterior al examen del MIR, quiere moverme el trepanador cuando estoy operando. Pero es sólo una sombra que me observa y no puede tocar, sigue llevando ese bañador rojo, sigue teniendo trece años, sigue mojando el suelo tras él. Nos quedamos mirando muchas veces en la consulta. Los pacientes me cuentan su caso y yo hago como que los atiendo, pero observo a Daniel, de pie, tras ellos. Me desaprueba.

 

“Cuéntame algo que tampoco sepa.”

Eva se había aproximado más a la mesa. Su aliento de limón se mezclaba con el de Daniel, que había fijado la mirada en el plato vacío, sin sonreír.

 

Fue Daniel quien me llevó a ti. Yo no conocía a la chica rubia de los hoyuelos, eras su mayor secreto. Se ponía a andar delante de mí, yo no le hacía caso. Intentaba desviar el curso de mis pasos, taparme los ojos, empujarme. Un día cedí, por aburrimiento, y me dejé llevar por las huellas mojadas de sus pies descalzos que nadie más sabía ver. Cruzamos andando la ciudad, camino del estadio donde entrenaba nuestro equipo de fútbol, pero se detuvo ante tu colegio.

Se sentó en un banco, al otro lado de la calle. Yo hice lo propio a su lado. Sonó la sirena y las chicas salieron a tropel. Te vi, frente la puerta, observándome al otro lado de la calle. No te movías. El semáforo cambió de rojo a verde un par de veces. Cruzaste la calle, te acomodaste a mi lado y me dijiste que…

 

“… hacía mucho que no te veía. Pensaba que este verano te habías olvidado de mí.”

Y tú te quedaste mudo. Titubeando me contaste que estabas triste porqué había muerto tu hermano en un accidente en el río, y tú te habías dado un golpe y no recordabas muchas cosas. Habías llegado andando, por instinto, hasta ese lugar. Inventaste una bonita historia y me preguntaste quién era. A tu lado, Daniel se estaba riendo. Decía que mentías muy mal. Yo me quería reír, pero no era el momento, le dije que se callara o lo descubrirías todo.

Te conté que me llamaba Eva, y que nos conocimos en ese mismo banco. Los dos esperábamos a alguien, tú a tu hermano y yo a mi madre. Y que volviste muchas tardes, y me hacías compañía mientras no llegaban a recogerme. Me contaste, la última vez que nos vimos, que te ibas de vacaciones al pueblo de tus abuelos pero que, cuando empezase el curso, estarías esperándome en el banco.

Daniel me esperaba el primer día de colegio, como me había prometido. Llevaba un bañador rojo y mojaba el banco. Me contó que ese verano había dado un mal salto. Estaba triste por Max, su hermano gemelo, del que siempre me hablaba y aún no conocía. Y me pidió que te cuidara, porqué a él no podría.

El día que nos conocimos tú te pusiste a llorar y te tendí la mano, y me la cogiste. Esa tarde compartimos nuestra primera tarta de limón y me contaste tus planes de ser médico. Daniel, a nuestro lado, se lamentaba que Max se hubiese empeñado en morir en el río.

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El viejo | Crónicas de las Hilanderas

“Siempre he hecho lo que he querido, y no vendrá nadie a decirme cuando debo morirme”. El viejo rey había salido de su cámara apoyado en su bastón, aunque por su vigor parecía que era el bastón quien se apoyaba en el anciano. Había vivido más que cualquier otra persona que había conocido, había sobrevivido a varios de sus hijos y nietos y a tres esposas. La muerte de alguno de sus legítimos herederos había provocado cierto conflicto sucesorio entre su prole sobre quien debería ser el nuevo rey. Y, eso, al anciano, le sacaba de sus casillas.

Tras un par de accidentes poco claros entre sus descendientes, parecía que el heredero había quedado claro: su cuarto hijo, el mayor de los vivos. Desde entonces, había prisas para que él muriese y el reino tuviera un nuevo señor. Estaba tentado de modificar su testamento y dejar sus tierras y el título al monasterio más cercano. Pero no quería que su familia pasara por la espada a esos pobres monjes. Y no le quedaba mucho tiempo, sabía que su hijo se las ingeniaría, más pronto que tarde, para que pereciera en un fatal accidente.

El anciano contemplaba su castillo des de las murallas. Le gustaba pasear por allí. Hablar con los soldados que defendían sus posesiones, su título. Pensaba que cualquiera de esos hombres sería un heredero más digno. Podría organizar unas justas, entre sus descendientes o entre todos los caballeros a su servicio. Duelos a muerte, sólo quedaría el mejor. Aunque luego no quedaría nadie para defender el reino, mala idea.

El hedor de los restos del pescado lo sacaron de sus meditaciones. Fuera de los muros, el bullicioso mercado proseguía, como todos los días. Le gustaba contemplarlos desde las alturas, mirar a lo lejos y vislumbrar los puertos que lo habían hecho rico, comerciando en el océano. Podría entregar el reino al pueblo… instaurar una república… sueños de anciano.

Ya regresaba a sus estancias cuando la ciudad se paralizó, todo quedó en silencio. Incluso los niños callaron, los perros, los caballos. Era cierto, había sonado tres veces el cuerno. El enemigo se acercaba. Sonrió.

El caprichoso hacer del destino podía decidir que el fuero el último rey de su linaje. Podía ser que en las próximas horas nadie de los suyos quedara vivo para reclamar las tierras.

Sus posesiones serían de los invasores. Pero no se lo iba a permitir. Él siempre hacía lo que quería.

No le daba la gana morir a manos de bárbaros, era mejor que lo matara su hijo.

 

Este cuento complementa a “El ejército tras el gigante de polvo”.

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El ejército tras el gigante de polvo | Crónicas de las Hilanderas

Los augurios anunciaron que esa noche era la propicia para tomar la ciudad. Tras innumerables batallas, esa era el último reducto que les quedaba para llegar al gran océano. En algún lugar de su memoria quedaba el recuerdo del hogar, de su pueblo bañado de arena. En el camino había cruzado muchos ríos, nunca había visto tanta agua. No pudo evitar la tentación, y se dejó caer en el cauce de uno de ellos, mojando hasta el último rincón de su alma. Se sintió feliz, y casi murió ahogado. Tras otra victoria conocería el mar.

El cuerno había sonado tres veces desde la torre de vigilancia. Avisaban a la ciudad de su llegada. Una avanzadilla visitó el vigía en su atalaya y ahora su cabeza ahora presidia la marcha. No hacían rehenes, no querían esclavos, no aceptaban rendiciones, así lo mandaba su Señor. El día que había nacido, grandes lluvias convirtieron el desierto en lodazales. Era el elegido por los dioses para llevar su pueblo hasta las grandes aguas, para recuperar aquello que, una vez, les robaron.

Llegaron a las murallas cuando las estrellas gobernaban los cielos. La vidente había sido clara, “la noche os regalará el mar, el día os devolverá a la arena”. A sus pies, los restos de un mercado dibujaban la huida de los habitantes, que esperaban su muerte tras los muros de la fortaleza. La luna brillaba en las armaduras de sus enemigos, escondidos en los baluartes: la Dama de la Noche, enorme y resplandeciente, marcaba el camino del triunfo.

Los golpes del ariete hacían retumbar las puertas de madera de la ciudad. A pesar del aceite hirviendo y las piedras que les lanzaban, sus soldados no se amedrentaban. Los que caían eran sustituidos por otros, valientes voluntarios. Nadie podía vencer un ejército entregado a su Señor.

Estalló la puerta y entraron a tropel en la ciudad. Con una mano dirigía a su corcel, con la otra su espada segaba cuellos. Vivía la mayor de las glorias con el sabor de la sangre de los caídos en sus labios. En la vorágine, sintió un golpe en el cuello.

Una punzada de dolor en la nuca lo despertó. Abrió los ojos, y le cegó la luz del sol. Su destino había llegado.

Le deba miedo levantar la cabeza y descubrir si era de agua o arena.

 

 

Este cuento está inspirado en la canción ‘A mercè d’un so’ (A merced de un sonido) de Els Amics de les Arts, que os recomiendo encarecidamente.

Para los que no entendáis el catalán, esta es una traducción aproximada de la letra original: El vigilante de la torre de vigilancia deberá frotarse los ojos para confirmar que aquello no es un espejismo. Distinguirá siluetas humanas bajo el gigante de polvo. Hará sonar el viejo cuerno tres veces. Y la historia aquí, señores, quedará a merced de un sonido resonando entre montañas. “Que alguien lo oiga, por favor”. Una ciudad enfilando el atardecer de golpe se detendrá. Nadie de ese mercado se lo querrá creer. Entre miradas y manos a la cara, silencio sepulcral. Alguien llamando al cielo dirá: “Ya vienen”. Puertas cerrándose, los arqueros en la muralla cubriendo los baluartes, relinchos de mil caballos, ruido de espadas. Antorchas encendidas, adioses y promesas. Todos a defender. La noche por fin caerá. Nadie escondiéndose. El retumbar de un ariete. La ciudad mirando al rey que dirá con voz poderosa: “¡Encomendaos todos al cielo! Y luchad con todo y más, que es hoy que se decide si mañana todo es nuestro, si mañana ya no somos nada”.

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Manos de oro, segunda parte | Crónicas de las Hilanderas

(Continúa)

Los viejos se habían agrupado alrededor del cuerpo caído del chico, mascullando improperios a los dioses que habían permitido eso, alabando la destreza con las hachas del visitante, pero nadie lo atendía. Por el alfeizar de una ventana apareció el bardo, con su cítara en brazos. Saltó y corrió por la arena, a los pies de su compañero. De la cítara salió una melodía perfecta que calló a los ancianos, y los apartó.

Entonó una melodía con su voz que iluminó el cielo de oro y naranja. Una cálida lluvia mojó sus cuerpos. Cada gota caída en las manos cortadas las diluía y un pequeño haz de luz salía de los muñones. De los tiernos dedos del músico caían gotas de sangre, que desaparecían en la lluvia. La luz cada vez era más intensa en ese solar, hasta eclipsar al mismo sol.

Cuando llegó la luna, el joven músico calló y la luces se apagaron. El chico despertó y observó sus manos, como si nunca hubiesen sido segadas. Se levantó y tomó la espada, sus manos resplandecieron con el brillo del oro. Eran fuertes y hábiles, todo su cuerpo parecía más fuerte y hábil.

La leyenda del guerrero de las manos de oro que liberaría al pueblo del tirano se extendió por todas las tierras del reino, cantado por la voz del bardo de la cítara, que lo acompañaba en el camino emprendido.

Cayeron guerreros armados con hachas, ante la veloz espada del guerrero de las manos de oro. Hasta que su filo segó el cuello del tirano, escondido en el último rincón del reino.

“Las hilanderas dibujaron la muerte del tirano en las manos de oro de un guerrero, y así lo propiciaron”, recordó la vidente en sus sueños.

Así lo cantó el bardo con su cítara.

 

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Manos de oro, primera parte | Crónicas de las Hilanderas

La cítara sufría en sus cuerdas con los intentos poco diestros de hacerla sonar bien. Esa era la banda sonora de sus entrenos físicos matutinos, el chico con vocación de bardo que daba ritmo a sus movimientos de espada. No era hasta más tarde cuando llegaban los ancianos del pueblo a observarlo, a darle supuestos sabios consejos de cómo coger mejor la empuñadora o dar golpes fuertes y certeros. Si alguno de los viejos soltaba algún grito para hacer callar a la cítara, el soltaba uno mayor para que siguiera. A su modo, eran compañeros de instrucción.

En el cielo azul y abierto gruñó un trueno, que formó una nube negra de la que cayó un rayo, justo en el patio donde entrenaba. Cuando escamparon el humo que levantó el rayo, pudo observar una figura desconocida. Era un hombre enorme que le sacaba tres palmos de altura y cuatro de ancho de espalda. Iba armado con dos grandes hachas que movía como si fueran dos simples cuchillos. “Busco al guerrero de las manos de oro, que entrena su espada en este solar”, gritó el recién llegado.

“No conozco nadie llamado así, pero solo yo me ejercito aquí”, respondió. Los ancianos que no habían salido corriendo, callaban en un rincón, pero las cuerdas de la cítara seguían recibiendo golpes poco diestros. Sin tiempo a que pudiera mover su espada, el visitante lanzó sus hachas que seccionaron, limpiamente, sus muñecas.

“Así, el llamado manos de oro, por su destreza en armas, nunca podrá derrotar a mi señor. Y las hilanderas deberán reescribir  el futuro.” El desconocido soltó un grito al cielo, que respondió con un trueno, una nueva nube negra y un rayo que se llevó al visitante.

El chico cayó inconsciente al suelo, con los brazos sangrando.

La cítara calló, acabó el adiestramiento.

 

(Continuarà)

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Todo sobre Sant Jordi, el dragón y la princesa

De hecho, Sant Jordi no se cargó al dragón. Fue todo un montaje, como la llegada del hombre a la Luna o lo del abre fácil. ¿O no os habéis preguntado por qué el caballero rechazó casarse la princesa para seguir sus aventuras? Más allá de suponer que la princesa fuera fea o que al chico le fueran más los príncipes azules.

Héctor, nombre habitual entre dragones, no se comía a las doncellas que le ofrecían en sacrificio, ni se cargaba a los caballeros que iban a liberar el reino. Héctor les servía de excusa a todos para superar las limitaciones de desarrollo personal propias de una sociedad feudal. Caballeros y damas empezaban nuevas vidas como juglares, monjas, economistas, videntes, panaderos o hilanderas. Además, Héctor era vegetariano.

Jordi tuvo una larga charla con el dragón. Su programa de liberación social era bueno, pero el reino empezaría a sospechar. Así que pactaron el montaje: mucha sangre de pollo, rosas rojas y el héroe devolviendo a la princesa a palacio. Ella, Júlia se llamaba, que soñaba en convertirse en bandolera, asumió el sacrificio de no poder escapar de la vida que le habían prediseñado: ser princesa, casarse con algún príncipe pedante y tener hijos.

Héctor esperó a Jordi a un par de jornadas del castillo del rey. Juntos empezarían un viaje que les llevaría a grandes aventuras. Pero eso, y como rescataron a Júlia de un príncipe azul indeseable, es ya otro cuento.

 

Este cuento es una nueva versión de una obra mía anterior, escrita a cuatro manos. 

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El reino en las nubes | Crónicas de las Hilanderas

El reino en las nubes.  Observaba el cielo, tumbado en el campo de amapolas, tras la ermita. Escapaba allí todas las mañanas, mientras los monjes se dedicaban a sus rezos. Imaginaba que andaba sobre las nubes, como el rey de los cielos. Observando a los hombres, decidiendo cuando les regalaba lluvias propicias o los castigaba con largas sequías. Sus padres habían muerto en una época de pocas aguas, de hambre. Por suerte, un monje se había apiadado de él.

El campo era polvoriento, las amapolas languidecían durante el día. Pocas veían el siguiente amanecer, cuando el leve rocío les daba algo de vigor. El pueblo lloraba porqué las cosechas escaseaban, los monjes doblaban sus rezos al dios de los cielos para que fuera clemente. Él quería ser el héroe que llevara la lluvia a su pueblo.

El monje bibliotecario le había enseñado a leer con viejos libros. Recordaba especialmente uno de ellos, donde un hombre volaba con unas alas de pájaro echas de cañas y telas. Construyó un cometa para subir a los cielos y reclamar el trono sobre las nubes.

Con las primeras luces del alba, subió al tejado de la ermita, con sus alas de tela y caña, dejando que un golpe de viento lo llevara, arriba. Cuando llegó sobre las nubes, se soltó de la cometa con un cuchillo de las cocinas entre las manos.

Las nubes no sostuvieron al héroe, las atravesó gritando, desgarrándolas con el filo de su arma.

Se rompió en el suelo, mientas el cielo se desangraba en agua sobre el pueblo.

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Todo brilla bajo el sol | Crónicas de las Hilanderas

Todo brilla bajo el sol y los cuervos marinos observan desde el peñasco. Nunca han acabado de entender la mala fama que tienen entre los hombres, por el color de sus plumas. Ellos sólo se dedican cazar peces. Graznan indignados cuando la comitiva pasa por su lado. El gran barco del Rey rompe las aguas presidiendo la comitiva. Tras él, doce barcos de guerra.

El Rey observa desde la proa de su navío. Sus acólitos lo observan varios metros atrás, esos momentos son propiedad inviolable. Romperla es jugar con su destino y su vida. Los graznidos sacan a su Majestad de su ensimismamiento. Les sonríe.

Los barcos de guerra esperan tras el peñasco. Sólo ha continuado el barco real. Los cortesanos cierran los ojos, como es prescriptivo.  El Monarca se desprende de sus vestiduras y observa el mar.

El Rey ordena que el barco pare, es un sitio propicio. “Cómo hubiese sido cualquier otro”, piensa. Pesadamente sube a la barandilla de proa, su dignidad no le permite hacer el ridículo.

Los cuernos graznan al oír el ruido de un cuerpo cayendo al mar. El Rey se deja hundir en el mar, con el peso de los grilletes que le apresan tobillos y muñecas.

Un pueblo que regala la vida más preciada, la de su soberano, al dios de los mares para que les regale una era de buenas pescas.

“Absurdos humanos”, graznan.

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