Todo sobre Sant Jordi, el dragón y la princesa

De hecho, Sant Jordi no se cargó al dragón. Fue todo un montaje, como la llegada del hombre a la Luna o lo del abre fácil. ¿O no os habéis preguntado por qué el caballero rechazó casarse la princesa para seguir sus aventuras? Más allá de suponer que la princesa fuera fea o que al chico le fueran más los príncipes azules.

Héctor, nombre habitual entre dragones, no se comía a las doncellas que le ofrecían en sacrificio, ni se cargaba a los caballeros que iban a liberar el reino. Héctor les servía de excusa a todos para superar las limitaciones de desarrollo personal propias de una sociedad feudal. Caballeros y damas empezaban nuevas vidas como juglares, monjas, economistas, videntes, panaderos o hilanderas. Además, Héctor era vegetariano.

Jordi tuvo una larga charla con el dragón. Su programa de liberación social era bueno, pero el reino empezaría a sospechar. Así que pactaron el montaje: mucha sangre de pollo, rosas rojas y el héroe devolviendo a la princesa a palacio. Ella, Júlia se llamaba, que soñaba en convertirse en bandolera, asumió el sacrificio de no poder escapar de la vida que le habían prediseñado: ser princesa, casarse con algún príncipe pedante y tener hijos.

Héctor esperó a Jordi a un par de jornadas del castillo del rey. Juntos empezarían un viaje que les llevaría a grandes aventuras. Pero eso, y como rescataron a Júlia de un príncipe azul indeseable, es ya otro cuento.

 

Este cuento es una nueva versión de una obra mía anterior, escrita a cuatro manos. 

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Cuentos crecientes: Feroz 3/3

El primer cerdito corrió y corrió y llegó a la casa de su hermano. El primer y el segundo cerdito corrieron y corrieron y llegaron  a la casa de su hermano. El lobo, obviamente, tenía graves problemas de movilidad, sino podría alcanzar a un cerdo corriendo.

Tenía en su panza las piedras que la vieja cabra le había metido, tras haber ayudado a escapar a sus cabritillas que él, el lobo, tan a gusto se había zampado. Y aún le dolía la otra herida de su barriga, cuando lo rajaron para liberar a la abuela y la niña de la caperuza roja.

Y mientras el lobo se lamentaba por no poder llevarse a la boca ningún animal sin acabar vapuleado, oyó a un pastor llamado Pedro engañando a sus conciudadanos ante un inexistente atacante de su rebaño. Esa vez, pensó, masticaría bien las ovejas antes de engullirlas.

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Cuentos crecientes: Feroz 2/3

El primer cerdito corrió y corrió y llegó a la casa de su hermano. El primer y el segundo cerdito corrieron y corrieron y llegaron  a la casa de su hermano. El lobo, obviamente, tenía graves problemas de movilidad, sino podría alcanzar a un cerdo corriendo.

Tenía en su panza las piedras que la vieja cabra le había metido, tras haber ayudado a escapar a sus cabritillas que él, el lobo, tan a gusto se había zampado. Y aún le dolía la otra herida de su barriga, cuando lo rajaron para liberar a la abuela y la niña de la caperuza roja.

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Cuentos crecientes: Feroz 1/3

El primer cerdito corrió y corrió y llegó a la casa de su hermano. El primer y el segundo cerdito corrieron y corrieron y llegaron  a la casa de su hermano. El lobo, obviamente, tenía graves problemas de movilidad, sino podría alcanzar a un cerdo corriendo.

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Cuentos crecientes: La decepción 3/3

Después de haberse hecho famosa por su larga y rubia melena, optó por un corte a lo garçon con reflejos violeta. Estar casada con el príncipe heredero ya le daba suficiente, y excesiva, notoriedad como para ir arrastrando su cabellera por los pasillos de palacio.

No lo quería admitir, pero su marido era feo. Había sido el primer varón al que conocía, víctima de su encierro. Se dejó seducir, enamorar, embarazar. Ahora, visto con perspectiva, entendía por qué había podido escalar agarrado a su cabellera sin hacerle daño. Además de tener la cara rara, era un tirillas.

Había salido a pasear sola, como hacía todas las mañanas.  No se acostumbraba al bullicio de la corte. Siguió una senda que hacía años que no tomaba. Cruzó el campo de verdezuelas y llegó al pie de la torre. La ventana estaba abierta. Pasó la mano entre sus cabellos. Si aún tuviera la melena, pensó, podría volver a trepar arriba.

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Cuentos crecientes: La decepción 2/3

Después de haberse hecho famosa por su larga y rubia melena, optó por un corte a lo garçon con reflejos violeta. Estar casada con el príncipe heredero ya le daba suficiente, y excesiva, notoriedad como para ir arrastrando su cabellera por los pasillos de palacio.

No lo quería admitir, pero su marido era feo. Había sido el primer varón al que conocía, víctima de su encierro. Se dejó seducir, enamorar, embarazar. Ahora, visto con perspectiva, entendía por qué había podido escalar agarrado a su cabellera sin hacerle daño. Además de tener la cara rara, era un tirillas.

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Cuentos crecientes: La decepción 1/3

Después de haberse hecho famosa por su larga y rubia melena, optó por un corte a lo garçon con reflejos violeta. Estar casada con el príncipe heredero ya le daba suficiente, y excesiva, notoriedad como para ir arrastrando su cabellera por los pasillos de palacio.

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Cuentos crecientes: Polvo de hada 5/5

Llega corriendo, pero se detiene frente al acantilado. Mira hacia abajo per no salta. Vuelve cabizbajo, sobre sus pasos. Se encierra en su cuarto. Esta vez tampoco ha podido saltar. Se odia por ello.

Cobarde. Alguien lo estará llamando así, está seguro de ello. Racional. Otro insulto común en las notas que recibe. Adulto. Ese es el más cruel de todos, no hay nada peor que ser considerado un adulto. Pero él no puede, se siente incapaz.

Ella, que por él muere, lo ha observado, como siempre. No se lo puede decir, pero si no salta, si renuncia, si lo niega todo, si la niega… Él se irá y ella sucumbirá. Ella desea verlo saltar por el acantilado, lo desea, lo necesita. Él es toda su vida.

Mañana es su cumpleaños. O es hoy o no será nunca jamás. Sale de su cuarto… de casa. Corre hacia el acantilado, no se detiene, no mira. Salta. Grita. Ella vuela tras él y sopla polvo de hada. Vuelan juntos. Lo ha hecho.

Ambos vuelan dejando el acantilado, recorriendo la costa. Peter se fija en esa estrella lejana, se detiene a observarla: “¿Crees que podría ir volando hasta esa luz? Es Londres, ¿verdad?” Ella asiente. Pronto viajarán allí, y todo cambiará entre ellos. Las hadas intuyen esas cosas. Campanilla siente morir.

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Cuentos crecientes: Polvo de hada 4/5

Llega corriendo, pero se detiene frente al acantilado. Mira hacia abajo per no salta. Vuelve cabizbajo, sobre sus pasos. Se encierra en su cuarto. Esta vez tampoco ha podido saltar. Se odia por ello.

Cobarde. Alguien lo estará llamando así, está seguro de ello. Racional. Otro insulto común en las notas que recibe. Adulto. Ese es el más cruel de todos, no hay nada peor que ser considerado un adulto. Pero él no puede, se siente incapaz.

Ella, que por él muere, lo ha observado, como siempre. No se lo puede decir, pero si no salta, si renuncia, si lo niega todo, si la niega… Él se irá y ella sucumbirá. Ella desea verlo saltar por el acantilado, lo desea, lo necesita. Él es toda su vida.

Mañana es su cumpleaños. O es hoy o no será nunca jamás. Sale de su cuarto… de casa. Corre hacia el acantilado, no se detiene, no mira. Salta. Grita. Ella vuela tras él y sopla polvo de hada. Vuelan juntos. Lo ha hecho.

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Cuentos crecientes: Polvo de hada 3/5

Llega corriendo, pero se detiene frente al acantilado. Mira hacia abajo per no salta. Vuelve cabizbajo, sobre sus pasos. Se encierra en su cuarto. Esta vez tampoco ha podido saltar. Se odia por ello.

Cobarde. Alguien lo estará llamando así, está seguro de ello. Racional. Otro insulto común en las notas que recibe. Adulto. Ese es el más cruel de todos, no hay nada peor que ser considerado un adulto. Pero él no puede, se siente incapaz.

Ella, que por él muere, lo ha observado, como siempre. No se lo puede decir, pero si no salta, si renuncia, si lo niega todo, si la niega… Él se irá y ella sucumbirá. Ella desea verlo saltar por el acantilado, lo desea, lo necesita. Él es toda su vida.

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