Proyecto Marte: Amina Bundermans (2)

Los llaman los Individuales. Nos llaman. Aquellos que por algún problema neuronal, de comportamiento o por consciencia, no pueden o no quieren coexistir con una inteligencia cuántica. Somos como niños, no tenemos acceso al Globo, no formamos parte del Gobierno, usamos la holovisión y nos comunicamos con el mundo exclusivamente por nuestros sentidos.

Durante unos meses fui el foco de toda la atención del Sistema Solar. Ahora ya no sólo vivimos en la Tierra, sino que Marte es nuestro segundo hogar y Europa, una de las lunas de Júpiter, ya ha recibido las primeras misiones no tripuladas para establecer, pronto, colonias humanas estables. Así que la expresión correcta no es “todo el mundo”, debemos decir “todo el sistema”… Así que tras ser la atracción de todo el sistema, he pasado a ser una simple individual.

De mi segunda vida aprendí la lección. No me sentiré nunca más una paria o un mono de feria. Son expresiones que usaba la abuela, creo que son anteriores a la Era Oscura. Seré lo que quiero ser, sin importarme las limitaciones que me quieran imponer.

He estado viendo holodocumentales para aprender lo ocurrido en el mundo en los últimos centenares de años. Marte terraformado, alguna que otra guerra, la coexistencia, naves gravíticas cada vez más potentes que nos permiten ir más lejos. Cuando nací, viajar a Marte implicaba varios meses de trayecto, cuando la ventana estaba abierta. Ahora, es cuestión de pocos días. Incluso, podemos viajar a Marte cuando está más alejado de la Tierra, en pocas semanas. La ventana siempre está abierta.

Me hizo especia ilusión descubrir que la teoría de la familia Rivages, que tan apasionadamente defendía la abuela, la teoría cuántica de las relaciones humanas o de las emociones, es hoy una ley científica, ampliamente aceptada y usada en el desarrollo de las tecnologías cuánticas. Si se pudiese viajar atrás en el tiempo, volvería para contárselo. La haría muy feliz.

Quiero ir a Marte, quiero encontrar el rastro de Isaac, pero no me dejan viajar. Soy sólo una individual, tratada como una niña. Y los niños no viajan a Marte.

0 Proyecto Marte

Nuestra lista 2014: Gente, cosas y lugares que molan

Es fin de año, es momento de hacer listas. Es Navidad, es ese momento especial para mostrar aun más buen rollo vital.

Así que Sofía, Vicenç y LJ nos hemos propuesto hacer una lista de la gente, las cosas y los lugares más guay que hemos conocido en 2014. La lista podría ser eterna, pero cada uno de nosotros ha seleccionado tres, que unimos en este post que publicamos, a la vez, en nuestros tres blogs.

¡Así que pedimos perdón a todos los que no salís en esta lista, también nos moláis! Por cierto, el orden es completamente aleatorio.

 

#1 el Harlem

Cuando la gente habla de Nueva York se refiere generalmente a Manhatan. Sus rascacielos, los teatros, la Estatua de la Libertad, Central Park, los centros comerciales… a Vicenç le encanta Nueva York (¿y a quien no?). Pero este año, más allá de los rascacielos de la isla, descubrió el fantástico mundo del Harlem. Un barrio vibrante, que rebosa energía, con mucho jazz, tiendas de discos y comida de todas partes (y muy buen té de todos los rincones del mundo). El Harlem no es solo una visita fugaz para escuchar una misa gospel, es un territorio plagado de sorpresas que da un contrapunto fantástico a un viaje típico a la gran ciudad y que es mucho más seguro de lo que los turistas puedan pensar.

Recomendamos: pasear por las calles de Harlem, o por cualquier barrio más allá del centro de las ciudades que habitas o visitas.

 

#2 Pere Jou

LJ ya sabía de él antes de 2014, es muy fan de su música. Ya lo había visto en vivo, en sus conciertos, pero acabando el año lo ha conocido en persona y nos ha estado dando la brasa con el encuentro desde entonces. LJ ha puesto a Pere Jou en la lista porqué es un groopie muy peligroso, pero no le negaremos el talento musical al chico.

Recomendamos: la música de Quart Primera (el grupo de Pere Jou, que antes que se marche el frio nos traerá nuevo disco) y la música de cualquier autor que te erice la piel.

Enlaces: Web | YouTube | Spotify

 

#3 Alex y su clase de Zumba

Sofia es bastante snob. Y por supuesto entre sus gustos figuran cosas que quedarían muy bien sobre papel o en pantalla. Le gusta el jazz, el vino tinto, el cine independiente y los zapatos caros. También tiene un punto sarcástico con el que ataca a todos los clichés que conoce, siendo la mayoría de las veces, ella misma un cliché de manual. Pues quiso la casualidad que después de reírse mucho de las cuarentonas que se dedican a quemar grasa con el zumba, entró un día a la clase de Alex. Y la verdad es que las coreografías no pueden ser más ridículas y la música no puede ser peor, aunque quemes calorías, eso no se puede negar. Pues resulta que le encantó. Y cada miércoles, si el trabajo se lo permite, a las 19,30 se enfunda en sus mallas y se va a bailar, llegando al ridículo punto en que alguna vez incluso tararea alguna de las bizarras canciones.

Recomendamos: Hacer algo que nunca pensaste que te gustaría. Como la clase de Alex.

 

#4 Edimburgo

“Una tarde en Edimburgo y entiendes el universo de Harry Potter”. Qué sí, LJ, que te encantó la ciudad y tu viaje por Escocia. El chico admira una ciudad donde los fantasmas son tan reales como los gaiteros, qué le haremos. Si alguna vez perdemos a LJ en verano lo iremos a buscar por las calles de la ciudad vieja de Edimburgo, en alguno de sus cementerios (sólo si es de día, de noche no, que salen los espíritus).

Recomendamos: callejear Edimburgo o dejarte llevar por la magia de cualquier otra ciudad (pero magia en sentido literal, nada de simbolismos de novela rosa).

 

#5 Julio Municio

Cuando alguien te dice que quiere presentarte a su pareja, ya empiezas a temblar. Porque esperas que te caiga bien, porque resulta que piensas que si no te gusta, vuestra relación está condenada a cambiar. Si ese alguien es una persona a quien quieres y con quien cuentas en muchos de los momentos de tu vida, ese miedo crece. Sofia, tenía un run run en el estómago cada vez que le hablaban de Julio. En cuanto lo conoció ya sabía muchas cosas de él. La primera vez que se vieron, Sofia tuvo un flechazo. Julio es alguien que contagia alegría, se ve optimista, divertido y culto. De esa gente que ilumina la habitación en cuanto entra. Ahora sus amigos se han prometido y Sofia espera que Julio, aunque sea a través del teléfono, whatsapp o redes sociales, por cuestiones de distancia, esté presente durante mucho tiempo en su vida.

El bonus de este chico es que escribe un blog, dedicado al arte y a la cultura china. Y para mejorar vuestro día, podéis entrar a leer alguno de sus interesantes posts.

Recomendamos: WoW.

Enlaces: Blog | Twitter

 

#6 la Nata portuguesa y la gastronomía lusa en general

Existen dos edades para viajar: la pobre y la menos pobre. Cuando eres más jovencito (y más pobre) comes muchos bocadillos y mucha comida basura. Es un modo fácil de controlar el presupuesto. Por eso Vicenç, cuando volvió a Portugal y se dijo “esta vez voy a comer de verdad” descubrió que la gastronomía del país vecino es impresionante. Portugal es la cuna de los mejores platos de bacalao del mundo, hacen que comer pescado sea mejor que una pizza (y eso para los amantes de la pizza es mucho decir) y lo que es mejor, en cualquier calle de Lisboa puedes comprar natas. Ese dulce (que a pesar de su nombre no tiene nata, contiene crema, ¡y qué crema!)que te cambia la vida por completo ya que se convierte en una referencia en tu escalera de valores. Ahora las cosas son casi tan buenas o tan buenas como una nata portuguesa.

Recomendamos: no ser tan rata y comer comida local cuando uno viaja; más si es en Portugal. Y claro, ¡probar las natas si aún no se ha hecho!

 

#7 Shakespeare and Company

La mítica librería, actualmente emplazada en el distrito V de París. Especializada en libros británicos y americanos, casi todos en lengua inglesa, es un rincón especial que ningún viajero, y por supuesto ningún turista debe perderse. Tiene una historia muy interesante, seguramente parte leyenda parte realidad. Hay que googlearla y conocerla. Si tenéis la suerte de visitar París, entrad como hizo Sofia, y deambulad entre sus ediciones antiguas, oled los libros, sentaos al piano del piso de arriba y tocad algo, o bien escuchad a quien toca. Empezad un libro, saludad a los otros clientes, sentados en el pequeño escritorio y dejad una nota para futuros visitantes.

Volveréis a casa con la sensación de haber conocido un lugar especial, de esos que se te quedan pegados muy dentro del alma, y que cuando los recuerdas, te hacen sonreír.

Recomendamos Shakespeare and Co (37, Rue de la Bucherie, Paris distrito 5º)

Enlaces: Web

 

#8 Joey Foster Ellis

Un artista americano, formado en China y afincado en Doha. No se trata de un acertijo, es la forma más fácil de describir a Joey Ellis. Un escultor, conservador y algunas cosas más, y sobre todo, un tipo genial al que Vicenç tuvo la suerte de conocer este año. Este escultor y speaker de TED (tenéis que ver más TED talks, todos los que podáis) tiene un estilo único en la combinación de materiales que hace que sus esculturas tengan esa belleza especial de las cosas que te sorprenden. Si bien no es fácil adquirir obra suya (tiene esa tendencia a cosas grandes y caras que son más para museos que para hogares) Merece la pena conocer su trabajo y como no, a él mismo.

Recomendamos: a Joey Ellis

Enlaces: Web | Twitter

 

#9 Pau Varela

O el chico de la barba aficionado a tuits polémicos y con un gran talento literario. LJ no lo conoce en persona, pero es raro, porque el karma ha tejido unas cuantas casualidades en sus vidas, con las que ahora no os aburriremos (porqué LJ es muy peliculero). Pau este año ha publicado su primera novela, Pandora Despierta, y LJ no nos dejará publicar esto si no os invitamos a comprarla.

Recomendamos: Pandora Despierta y que os dejéis seducir también por el talento de los escritores que aún no pueden entrar en los grandes circuitos.

Enlaces: Pandora Despierta | Blog | Twitter

Proyecto Marte: Amina Bundermans (1)

1.597 años después que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

 

Congeladores convertidos en tumbas. Las cámaras se fueron estropeando, pero mi cámara siguió en activo. Se disculparon por el olvido, mi expediente se había borrado y mi cuerpo cogelado se había perdido en una estación gravitacional, junto a otros criogenizados.

Volví a despertar con la imagen de la doctora Rivages, la abuela, grabada en la retina, llorando, despidiéndose. Aunque nos engañamos para hacer menos dura la despedida, ambas sabíamos que no volveríamos a vernos, era imposible que hallaran una respuesta a mi enfermedad en pocos años. Desperté pensando en Isaac, en cómo le estaría hiendo en Marte, en cómo le habría ido. Pregunté inútilmente por él, habían pasado diez-y-ocho siglos desde que me volvieron a congelar. Nadie había oído hablar nunca de él, nadie sabía nada de la doctora Rivages.

Alguien había tenido la precaución de dejar una copia de mi informe médico en la memoria de la unidad de criogénesis. La enfermedad del torrente era, para entonces, algo que no entrañaba especial dificultad médica y los nuevos bioimplantes restauraron por completo mis sinapsis neuronales.

Pero volvía a ser una niña perdida en un futuro desconocido, que ya no era un mundo de cuentos de hadas. Debía enfrontarme, otra vez, a un lugar desconocido, en el que sentía no volvería a encajar. Me dejé llevar por la melancolía, recordaba los paseos por las grandes avenidas de Misatonik con Isaac, las meriendas de la abuela. Incluso añoraba los pigmentos fluorescentes de mi piel. Por desgracia, nada conseguía recordar de mis primeros padres, ni su nombre.

Mi desazón se hizo más cruel cuando los responsables médicos me informaron que, por mi edad y los daños residuales causados por la enfermedad del torrente en mi cerebro, no era viable mi acceso a la coexistencia.

En ese futuro, que era mi presente, los humanos vivían conectados a las máquinas. Una inteligencia artificial, así lo llamaban, estaba conectada a la mente de cada hombre y mujer. Eran inteligencias distintas las unas de las otras, con personalidad. Puede que hubiese debido pensar que esa conexión era antinatural, pero más lo era haber vivido casi dos milenios.

Me enfadaba mi tristeza, pero me sentía bloqueada. No poder acceder a la coexistencia eran mis nuevos pigmentos faciales. Algo que me hacía distinta en el nuevo tiempo que me tocaba vivir. Y esta vez no tenía a Isaac para agarrarme fuerte de la mano.

Ahora era yo quien sobreviviría, quien no dejaría que mi diferencia me hundiera. Tomé el nombre de mi segundo padre, no podía recordar el apellido de los  primeros. No tendría el nombre de una inteligencia artificial, sino el del hombre que me enseñó a vivir. Era Amina Bundermans.

0 Proyecto Marte

Empatizar

No leo Juego de Tronos, no veo la serie. No es que no me guste, al contrario, admiro la capacidad narrativa de George RR Martin, pero tengo un problema: empatizo demasiado con los personajes. Y ya sabéis qué ocurre cuando te encariñas con alguien en Poniente. Dejé la lectura del primer libro durante el viaje de Invernalia a Desembarco del Rey. La pequeña Aria se hace amiga del hijo del carnicero, se enfrentan al entonces príncipe Jeoffrey y todo parece que acabará mal para el joven siervo. Los seguidores de la saga sabéis que ocurrió, en la versión LJ el chaval regenta una exitosa carnicería cerca del Nido de Águilas. Fin de la anécdota uno.

Me ocurre algo más grave, cuando me engancho a un libro suelo adoptar la personalidad del protagonista. El último caso: la melancolía y la búsqueda del sentido de la vida que sufre Marcus Goldman en “La verdad del caso Harry Quebert”. Ya superado. Aunque fue más complejo cuando, leyendo la trilogía “Millenium”, me convertí en una especie de Lisbeth Salander. Aunque mis amigos no dejan de recordarme lo intratable que estaba leyendo “Los pilares de la tierra”, a lo Lady Aliena. Fin de la anécdota 2. (Y tranquilos, no sufro ninguna patología, eso dice mi psiquiatra).

 

Ahora vamos al fondo. ¿Cómo lo hacemos para que el lector empatice con nuestros protagonistas? ¿Cómo hacerlos próximos? No tengo la respuesta. De hecho, abro el debate para quien quiera aportar sus soluciones. Pero dejo algunas reflexiones.

 

Opción 1. Crea empatía con el villano. Crea al menos una duda razonable sobre la justificación de sus actos que inquiete al lector. Oblígalo a soltar unos minutos el libro para que reflexione sobre si es comprensible la actuación del malo, si él actuaria del mismo modo, si hay algún atisbo de perdón.

Las motivaciones del mal pueden ser por un motivo concreto (un trauma, una venganza…), o por una manera de entender el mundo distinta a la de “los buenos”. JK Rowling usa ese segundo camino para describir la sociedad de magos bajo el control de Lord Voldemort. Habla desde el lado del mal para razonar la supremacía de los brujos sobre los muggles. Obviamente, el lector rechaza esa maldad y se pone del lado de Hogwarts, pero se deja seducir en algún momento por la argumentación. No empatizas con Voldemort (aquí la autora no está muy lucida relatando su mala relación de infancia con su familia muggle), pero entiendes cómo su ideología puede cuajar. Cuando lo lees, en algún momento puedes pensar que esa interpretación del mundo no suena mal, o que es coherente en si misma… Un ejemplo de cómo se consigue que determinadas ideas abominables hayan movido masas en la historia de la humanidad. Rowling nos habla del fascismo adaptado al universo de los magos.

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Volvamos a los personajes, que me he distraído.

 

Opción 2. Del mismo modo, haz imperfecto a tu protagonista. Debe cometer errores, debe tener un lado oscuro. Nunca podrás meterte en la piel de alguien perfecto, tampoco podrás enamorarte de él. Amamos las pequeñas imperfecciones. Sin salir del mundo Rowling, Harry Potter es el héroe que nunca quiso serlo, que vence por accidente, y porqué tiene a un par de amigos cerca. Me cabreé muchas veces con Harry, por imbécil, por tener pocas luces… Y ahí está la magia, me enfadé como me enfado con un amigo, cuando creo que se equivoca. Y allí, Rowling me enganchó.

Opción 3. Muchas veces cometemos el error de hacer demasiado peculiares a los secundarios, dejando a los protagonistas con personalidades planas, que nos permitan usarlos a nuestro antojo para desarrollar la trama. No nos pasemos. Los secundarios deben reforzar el foco de nuestra narración, no distraernos de ella. Este es un problema frecuente en las series, especialmente cuando se alargan en demasiadas temporadas. Los protagonistas son cada vez más insulsos y poco sorprendentes y la extravagancia se focaliza en los secundarios chistosos: ¿Cuántas veces habéis pensado que lo que menos os gusta de una serie es el prota?… Si queremos tipos peculiares en nuestra novela que lo sean un poco todos. Vale, os dejo crear algún secundario raro, pero que los ojos del lector no se enamoren demasiado de él, o perderán interés por la trama central.

Opción 4. A la gente le pasan cosas normales. Los superhéroes discuten con su madre por qué no llevan chaqueta cuando hace frio. El doctor más maligno tiene dolor de muelas. El príncipe encantador tiene inseguridades. Esas microtramas, además de desgrasar la historia y dar algo de respiro al lector, humanizan y acercan al personaje. Las charlas de telefónicas de Marcus Goldman con su madre en “La verdad del caso Harry Quebert” son buen ejemplo de ello: durante algunos párrafos escapas de la cada vez más agobiante Aurora para reírte un poco.

Si me queréis de lector, haced que pueda adoptar la personalidad de alguno de vuestros personajes. Pero no los maltratéis demasiado, o vuestros libros quedaran inacabados guardando polvo en los estantes.

Espero replicas.

 

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Proyecto Marte 16: El Gato

987 años antes que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

 

Nadie me recuerda por mi nombre, incluso puede que yo llegue a olvidarlo algún día, olvidar a Pau, al niño huérfano, uno de los tantos tras la guerra a la que no podemos llamar guerra. El chiquillo que destacó en el campo de refugiados retando a los soldados en el campo de PadelZero y humillándolos en cada partida.

Allí empezaron a llamarme El Gato, porqué me movía dentro de la esfera de gravedad cero con la soltura y fiereza de un felino. Podía agarrarme a las paredes interiores de la esfera como si hubiese gravedad en ellas, saltar a por la pelota, noqueando de paso a mi rival.

Me descubrió un alférez de guardia, estaba colándome en el almacén de provisiones del destacamento. El hambre era más fuerte que el miedo a acabar colgado de una torre de vigilancia por ladrón. Había crecido con el paisaje de esos cuerpos meciéndose por el viento, hasta que la podredumbre les partía el cuello y acababan en el suelo. Jugábamos a lanzar piedras y avanzar el momento del desmembramiento.

Los guardianes se quedaban dormidos en las garitas y era bastante fácil meterse en el almacén. Pagué el exceso de confianza de haberme colado allí ya demasiadas veces. En el campamento nadie me daba comida y allí ya no robaba. Mientras metía varios paquetes de fruta liofilizada en la mochila lo noté detrás, daba por hecho que me estaba apuntando con un arma.

Antes de que me diera el alto o disparara le lancé uno de los paquetes de fruta a la cara y me puse a correr, zigzagueando, por el almacén, esquivando palés, subiendo cajas, saltando bidones. Esperaba que la oscuridad y mi rapidez me diesen ventaja, pero el soldado no se rindió. Y cuando creía que lo había dejado atrás, y me disponía a salir por una ventana, noté como algo me tiró de la pierna y caí al suelo.

No me rendí y pataleé mientras el soldado, el doble de grande y fuerte que yo, me arrastraba por las piernas fuera del almacén. No me resignaba a morir sin luchar, al menos, sin romperle algún diente.

La luna nueva me impedía ver donde me llevaba, se paró, abrió una puerta, me lanzó dentro de algo y me encerró. Era un espacio raro, el suelo no era plano, ni las paredes. Palpando vi que estaba dentro de algo que parecía ser una esfera. Intenté hallar la puerta por donde me había metido, pero no fui capaz de hallarla, toda la pared interior de ese recinto era perfectamente lisa.

De golpe, todo se llenó de luz. Estaba en un estadio, rodeado de gradas, en el centro, la esfera donde yo me encontraba, completamente transparente. Por el fondo, se acercaban varios solados. Entre ellos, unos especialmente alto y fuerte, di por hecho que era quien me había atrapado.

  • Chaval, te ganaste un balazo, pero hoy estamos de buen humor. Te daremos una oportunidad para sobrevivir. Fuiste rápido y ágil en el almacén, si me ganas a una partida de PadelZero, te dejaremos libre. Sino ya sabes, bang.

No sabía de qué me hablaba, pero ganaría. El alférez se quito la chaqueta del uniforme y se descalzó. Tocó algo en la esfera y se abrió una portezuela por la que entro. Una vez dentro, otro soldado desde fuera la cerró y la superficie volvió a ser perfectamente lisa y transparente. En la mano llevaba una pequeña pelota.

  • Lo haremos corto, sólo un set a 21 puntos. ¿Sabes jugar?
  • Así será más divertido.

Fuera, los soldados silbaron y rieron.

  • Debes lanzar la pelota a la pared de la esfera. Si consigues que bote dos veces antes que yo la recoja, punto para ti. Si no lo consigues, es mi turno. No puedes tener la pelota en la mano más de un segundo. Ah, y esto en gravedad cero.

 

 

Había batido al alférez esa noche y me mandaron a casa con un paquete de frutas. Me vinieron a buscar otras muchas noches, a cambio de comida. En pocas semanas, el estadio se llenaba y jugaba a plena luz del día. La fama de mis hazañas pronto se extendieron por el ejército y llegaron jugadores de todas las divisiones al campo de refugiados para enfrontarse conmigo.

Incluso venían a jalearme los mayores del campamento. No sé si se sentían orgullosos de mí o simplemente esperaban mi victoria para que les repartiera la comida que me sobraba. ¿Dónde estaba ese pueblo luchador que se había levantado contra el intento de tiranía? ¿Dónde estaban los luchadores míticos? ¿Dónde habían quedado los mensajes de libertad y justicia? Enterrados en las fosas comunitarias, pudriéndose colgados de las torres de vigilancia, bajo la mirada del enorme cartel del Procurador que presidia el campamento.

Mientras, yo, un chico insolente, un huérfano sin nombre, humillaba a los vencedores en la pista de PadelZero. Pero no lo consideraban nunca un acto de rebeldía, no pensaban que el hijo de unos fusilados les quería hacer pagar por la muerte de sus padres. En cada golpe a la pelota, en cada vuelta en el aire, yo vomitaba mi rabia, el hambre acumulada, el dolor, y su respuesta eran vítores y aplausos.

Era sólo un juego, era su juguete. Y me daba rabia, y no podía permitirlo. Así que decidí, en el siguiente torneo, degollar algunos soldados.

 

¿Qué conseguirás? Matar a uno o dos soldados, ¿y luego qué? Te mataran y ya. Hasta aquí tu venganza. No seas imbécil, les tengo las mismas ganas que tú. Pero de qué servirá nuestra muerte, de tan poco como las muertes de nuestros padres. Debemos vivir, sobrevivir a esto.

Allak me tomó del brazo justo antes de salir al campo de juego. Tenía razón, y le di la cuchilla con la que iba armado. El arma estaba manchada de sangre, la de mi mano, la apretaba con fuerza, al asumir las palabras de Allak, la verdad en ellas. Aún tengo las marcas de esa herida, no quise que me las curaran.

No pasó mucho tiempo antes que dejara el campo de refugiados y me mandaran a la capital. El Procurador, que resultó ser un gran aficionado al PadelZero, quería conocer las proezas del chico gato de las zonas exteriores.

Eliminaron todos los pelos de mi cuerpo, cabeza, cara, cuerpo. Al Procurador no le gustaban y había impuesto la moda de esa estética. Me sentía desnudo, a pesar del uniforme brillante con el que me habían vestido.

Debía enfrentarme a Melias, el mejor jugador del planeta, y nuestro partido seria retransmitido por la recién estrenada red de holovisión. Los espectadores, desde sus hogares, incluso los colonos marcianos en sus módulos, vivirían la contienda como si estuviesen dentro de la esfera.

Los comentaristas lo anunciaban como el chico, llamado El Gato, que se había atrevido a retar al héroe Melias. El estadio coreaba su nombre, a mí me abucheaban cada vez que las holocámaras me enfocaban. Melias era alto y tenía el cuerpo esbelto y definido. Lo había visto entrenar, era rápido y muy técnico. Su envergadura le permitía llegar a cualquier rincón de la esfera casi sin esfuerzo. Yo, mucho más pequeño, debería ser más rápido que él.

Me coló los siete primeros puntos sin darme tiempo a respirar. La pelota, ligeramente imantada, botaba dos veces en la pared interior de metal transparente de la esfera sin que yo tuviese tiempo ni siquiera para acercarme. Estaba acabado y no me lo podía permitir. Si nunca quería llegar a vengarme de los que asesinaron a mis padres, no lo podría hacer desde las regiones exteriores, debía estar en la capital, con ellos, con los que concibieron la masacre.

Y fue entonces cuando me fijé que Melias se impulsaba siempre con la pierna derecha, algo le fallaba en la izquierda. Así que aproveche un giro para golpearle la rodilla derecha. Era algo sucio, lo sé, pero no me había labrado una fama respetando a los rivales.

Melias perdió velocidad en los ataques, podía ver el dolor en su rostro cuando se impulsaba con fuerza en las paredes. Ya podía devolverle la pelota. Me seguía ganando, pero cada vez le costaba más conseguir que perdiese una bola.

Y, por fin, le colé el primer punto. Lancé la pelota entre sus piernas y no tuvo tiempo a girarse. El estado enmudeció. Un chico de las zonas exteriores acababa de abofetear a la capital.

Seguimos. Mantuve golpes discretos a las rodillas y tobillos de mi rival, todos durante los movimientos para capturar la pelota. Todo dentro de las normas. Melias acusaba los golpes y el cansancio. Cómo más se alargaba cada punto, más opciones tenía de ganarlo. Y el marcador, poco a poco, se igualó.

Con especial dramatismo escénico, todo se decidiría en el último punto.

Obviamente, gané yo.

 

Descubrí a Clarke de casualidad. Esperaba una recepción con el Procurador y me dejaron esperando, en una sala anexa al salón de recepciones, con un lector bibliográfico como única compañía. Sabía leer, claro, pero no se esperaba que un jugador de PadelZero lo hiciera. Creo que quien me dejó con el lector era un seguidor de Melias resentido.

Me dejé llevar por el menú, y accedí a “publicaciones ancestrales”. Había oído hablar que antes de la Era Oscura, era frecuente que los escritores escribiesen sobre como imaginaban el futuro, lo llamaban ciencia ficción. Me hacía gracia el concepto. Podía llegar a los libros que habían sobrevivido al Gran Debacle. De los pocos títulos que pertenecían a esa categoría de ciencia ficción me llamaron la atención dos obras, una novela llamada Pandora Despierta y un cuento, El Centinela. Como tenía poco tiempo, me decanté por el cuento y descubrí a Arthur C. Clarke… La próxima vez que veáis la Luna llena allá en lo alto, por el Sur, mirad cuidadosamente al borde derecho, y dejad que vuestra mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco.

 

Cuando fui requerido para presentarme ante el Procurador les hice esperar, no podía dejar de leer el relato en ese punto. Si así lo requiere el Procurador, luego me fusiláis. Pero a nuestro líder máximo le hacía gracia mi impertinencia. No bajaba la mirada en su presencia, no le reía las gracias. No había olvidado las palabras de Allak, pero sobrevivir no implicaría ser humillado por esa gente.

Por suerte, los deportistas vivíamos en un mundo aparte, consentidos en nuestros caprichos, siempre que dentro de la esfera lo diésemos todo. Y tras El Centinela, descubrí otras obras de Clarke que habían sobrevivido, Cita con Rama, El Jardín de Rama, 2061: Odisea tres. Me llamó especialmente la atención Las arenas de Marte, aunque lamenté que de esa obra sólo se conservasen algunas páginas. Me hubiese gustado ver cómo se imaginaban la colonización marciana mucho antes que el Proyecto Marte fuese, ni siquiera, un proyecto.

Me convertí en el raro en la residencia deportiva donde entrenábamos y vivíamos. No jugaba a sus juegos absurdos de cartas, no me dejaba tentar por las chicas que nos visitaban para que hiciésemos con ellas lo que quisiéramos. Me encerraba con mi lector, releyendo a Clarke, a Varela y al resto de autores ancestrales cuyas obras habían sobrevivido.

En el exterior era El Gato, en las instalaciones deportivas era el Raro. A mí me gustaba llamarme el Jugador que leía a Clarke.

 

Cuando aparecí en la esfera con barba conseguí que el estadio volviese a enmudecer, cómo sólo lo había conseguido con el primer punto que metí a Melias. Tras mi lesión de hombro, la masa esperaba mi vuelta a la esfera. Mucho se había especulado sobre mi estado de salud y yo había colaborado a ello no dejándome entrevistar u holograbar.

Era el chico mimado por el Procurador, seguía siendo imbatible, se me consentía todo. En mi último partido, a pesar que todo crujido de mi hombro se había oído por holovisión, no dejé de jugar y ganar. Dejé el estadio semiinconsciente y vitoreado.

Cuando volví, llevaba ya dos meses recuperado. Jugábamos dos partidos semanales y, justo antes de cada encuentro, nuestros cuerpos eran debidamente depilados. Con la lesión, nadie atinó a arrancarme el vello del cuerpo. Volví a sentirlo, recuperar mis cabellos negros y duros y apareció una barba fuerte y negra.

Me quejaba de dolores para ganar tiempo. Esperé a que la barba creciera. Cuando salí al campo de juego, la barba medía más de cuatro dedos. Había pensado dejarme también largo los cabellos, pero me molestaban al jugar y opté por dejarlos cortos, pero no afeitarlos. En los vestuarios hubo un gran revuelo al no dejarme depilar. Pero era el chico mimado del Procurador, nadie me llevaba la contraria.

Ocupé mi lugar en la esfera, aun con gravedad. A mi lado tenía a Rob, que me decía que estaba loco y que mi tontería le acarrearía a él problemas. Le respondí que sólo debía procurar que no le metiese más puntos de los habituales. Los dos observábamos el palco que ocupaba el Procurador.

Pensaba en el campo de refugiados, seguro que se alegrarían por lo que estaba haciendo. Si es que no me odiaban por haberles dejado sin sus raciones semanales de comida extra, tras mi marcha. Estaba retando al dictador que había destruido nuestras vidas. Estaba poniendo en duda la imbecilidad de sus normas. Puede que esa fuese mi última bravuconería, pero la estaba viendo todo el planeta. Estaba seguro que al menos a Allek le estaba gustando mi osadía.

Pero la esfera se colocó en gravedad cero, empezó el partido, el Gato volvió a humillar a su rival y el Procurador me mandó llamar.

 

Las normas… Las normas crean orden, paz, equilibrio. No deben entenderse, sólo obedecerse. ¿Crees que a mí no me incomoda cada mañana dejar que los depiladores hagan su trabajo? Incluso a mi debe incomodarme el cumplimiento de la ley. Podríamos permitir tecnologías para eliminar el vello permanentemente, pero no. Quiero que cada persona de este planeta recuerde constantemente que soy yo quien manda. Incluso yo me depilo para recordarlo.

Y llegas tú, retándome. Poniendo en duda mis normas, mi poder. Me divierte cuando humillas a los otros jugadores, cuando te ríes de mis ministros. Pero la ley sin vello es mi ley. Con ella os recuerdo que fui yo quien trajo la paz a este planeta. Quiero que te depiles. Diremos que no pudiste por la medicación de tu recuperación, pero en el próximo partido tu cuerpo volverá a ser liso.

No esperó respuesta, fui invitado a desalojar los aposentos del Procurador. En la residencia me habían trasladado de mi habitación soleada a un cuarto interior sin ningún tipo de lujo, sin mi lector. El resto de jugadores dejaron de dirigirme la palabra en público. Alguno me daba su apoyo en privado. Tenían miedo, era obvio que nadie se acercaría a mí hasta que me depilase. No querían que la ira del Procurador les afectase a ellos. Respetaba su decisión, no era fácil vivir en ese mundo, ser jugadores de PadelZero les daba cierta seguridad y yo la estaba arriesgando.

Quedaban tres días para mi siguiente partido, y no sabía qué hacer. ¿Sobrevivir a qué precio? ¿Morir con dignidad para qué?

 

Pensaba en Clarke, en el Centinela, en su moraleja. Y si yo debía ser eso, un centinela. ¿Y si mi desaparición fuera una llamada a la revolución? Algo que el Procurador no esperara. Algo que llegará más pronto que tarde. La interpretación del relato de Clarke era algo forzada, creo. Sería un héroe, pero no sé si quiero serlo. O sería un imbécil que moriría por una barba. Pensaba eso mientras los depiladores me esperaban, en los vestuarios del estadio.

Jugando al PadelZero aprendes que los mejores golpes no son los que lanzas a la pared interior de la esfera evitando a tu oponente, sino los que le lanzas a él y que no puede devolver. Así que me vestí e hice llamar a alguien para que me entrevistara para la holovisión, pero debía retransmitirme en directo, justo antes del partido. Que el Procurador me hubiese amenazado no era conocido por el público, a sus ojos seguía siendo su favorito y mis deseos eran tomados como si fueran del mismo dictador.

  • Y bien Gato, vemos que sigues con esa barba. ¿Aún sigues medicado por tu lesión?
  • Verás, era así, pero le pedí al Procurador que me la dejara mantener. Le propuse una apuesta y él aceptó. Podré saltarme la ley del vello siempre y cuando siga siendo imbatible. Cuando caiga en la esfera, caerá mi vello y dejaré de jugar para siempre. Diría más, el día que pierda, dejaré la Tierra y me iré a Marte, a trabajar en las minas, o el trabajo sucio que el Procurador decida darme tras perder mi apuesta.

Miraba directamente a la cámara. Miraba al Procurador. El chico no sabía que más preguntarme y la escena quedó en silencio. Volvió a enmudecer al estadio, incluso diría que a todo al planeta, hasta que arrancaron los aplausos y vítores con mi nombre. El Procurador no se atrevería a acabar conmigo, al menos en ese momento.

Se jugó el partido. Gané, sabiendo que a partir de ese momento, cada vez que entrara en la esfera podría ser la última vez. Y daba por hecho que se esforzarían en que perdiese, en lesionarme, en hacer trampas, o hallar en los territorios exteriores algún chico inquieto y vengativo con ganas de humillar al número héroe del PadelZero.

 

Las minas de Marte no son tan temibles ni tan oscuras como las describían. Hay comida tres veces al día y la menor gravedad del planeta hace el trabajo mucho más fácil. Es mejor eso que vivir sin hacer nada en el campo de refugiados. Es mejor esto que ser un juguete del régimen.

Jugábamos el tercer set e íbamos empatados a veinte puntos. Ese chico del que no recuerdo el nombre había llegado como la nueva gran promesa. No sé qué le habían prometido, pero me miraba con rabia y odio, como si cada pelota que devolvía fuese un cuchillo. Tomó ventaja y estaba a sólo un golpe de ganarme.

La pelota se metió entre mis piernas, sólo tenía que curvar la espalda hacia atrás y mover el brazo lateramente para devolvérsela. Pero no lo hice. Me había cansado. Para qué, me preguntaba. Mi barba, ya de más de seis dedos, había dejado de ser relevante. Mi guerra particular contra el Procurador estaba perdida. Yo no acabaría con todo eso. Estaba derrotado, y dejé que el chico me venciera.

Salí tranquilo de la esfera, dejé que me depilaran ante las cámaras, para regocijo del Procurador que, en la holovisión, recordó nuestra apuesta y mi inminente salida a Marte, aprovechando la ventana aun abierta.

Pensé que no llegaría nunca aquí, que un disparo silencioso acabaría conmigo, pero no fue así. Puede que alguien pensara que la muerte era un castigo demasiado fácil, pero Marte no ha sido peor.

No espero vivir muchos años, la mina es cruel, pero, por primera vez, creo que vivo en paz y que siento algo cercano a la felicidad. Con la barba, con el lector que alguien metió, de escondidas, en mi petate al dejar la Tierra.

Proyecto Marte: El Gato (8)

Las minas de Marte no son tan temibles ni tan oscuras como las describían. Hay comida tres veces al día y la menor gravedad del planeta hace el trabajo mucho más fácil. Es mejor eso que vivir sin hacer nada en el campo de refugiados. Es mejor esto que ser un juguete del régimen.

Jugábamos el tercer set e íbamos empatados a veinte puntos. Ese chico del que no recuerdo el nombre había llegado como la nueva gran promesa. No sé qué le habían prometido, pero me miraba con rabia y odio, como si cada pelota que devolvía fuese un cuchillo. Tomó ventaja y estaba a sólo un golpe de ganarme.

La pelota se metió entre mis piernas, sólo tenía que curvar la espalda hacia atrás y mover el brazo lateramente para devolvérsela. Pero no lo hice. Me había cansado. Para qué, me preguntaba. Mi barba, ya de más de seis dedos, había dejado de ser relevante. Mi guerra particular contra el Procurador estaba perdida. Yo no acabaría con todo eso. Estaba derrotado, y dejé que el chico me venciera.

Salí tranquilo de la esfera, dejé que me depilaran ante las cámaras, para regocijo del Procurador que, en la holovisión, recordó nuestra apuesta y mi inminente salida a Marte, aprovechando la ventana aun abierta.

Pensé que no llegaría nunca aquí, que un disparo silencioso acabaría conmigo, pero no fue así. Puede que alguien pensara que la muerte era un castigo demasiado fácil, pero Marte no ha sido peor.

No espero vivir muchos años, la mina es cruel, pero, por primera vez, creo que vivo en paz y que siento algo cercano a la felicidad. Con la barba, con el lector que alguien metió, de escondidas, en mi petate al dejar la Tierra.

 

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Proyecto Marte: El Gato (7)

Pensaba en Clarke, en el Centinela, en su moraleja. Y si yo debía ser eso, un centinela. ¿Y si mi desaparición fuera una llamada a la revolución? Algo que el Procurador no esperara. Algo que llegará más pronto que tarde. La interpretación del relato de Clarke era algo forzada, creo. Sería un héroe, pero no sé si quiero serlo. O sería un imbécil que moriría por una barba. Pensaba eso mientras los depiladores me esperaban, en los vestuarios del estadio.

Jugando al PadelZero aprendes que los mejores golpes no son los que lanzas a la pared interior de la esfera evitando a tu oponente, sino los que le lanzas a él y que no puede devolver. Así que me vestí e hice llamar a alguien para que me entrevistara para la holovisión, pero debía retransmitirme en directo, justo antes del partido. Que el Procurador me hubiese amenazado no era conocido por el público, a sus ojos seguía siendo su favorito y mis deseos eran tomados como si fueran del mismo dictador.

  • Y bien Gato, vemos que sigues con esa barba. ¿Aún sigues medicado por tu lesión?
  • Verás, era así, pero le pedí al Procurador que me la dejara mantener. Le propuse una apuesta y él aceptó. Podré saltarme la ley del vello siempre y cuando siga siendo imbatible. Cuando caiga en la esfera, caerá mi vello y dejaré de jugar para siempre. Diría más, el día que pierda, dejaré la Tierra y me iré a Marte, a trabajar en las minas, o el trabajo sucio que el Procurador decida darme tras perder mi apuesta.

Miraba directamente a la cámara. Miraba al Procurador. El chico no sabía que más preguntarme y la escena quedó en silencio. Volvió a enmudecer al estadio, incluso diría que a todo al planeta, hasta que arrancaron los aplausos y vítores con mi nombre. El Procurador no se atrevería a acabar conmigo, al menos en ese momento.

Se jugó el partido. Gané, sabiendo que a partir de ese momento, cada vez que entrara en la esfera podría ser la última vez. Y daba por hecho que se esforzarían en que perdiese, en lesionarme, en hacer trampas, o hallar en los territorios exteriores algún chico inquieto y vengativo con ganas de humillar al número héroe del PadelZero.

 

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Proyecto Marte: El Gato (6)

Las normas… Las normas crean orden, paz, equilibrio. No deben entenderse, sólo obedecerse. ¿Crees que a mí no me incomoda cada mañana dejar que los depiladores hagan su trabajo? Incluso a mi debe incomodarme el cumplimiento de la ley. Podríamos permitir tecnologías para eliminar el vello permanentemente, pero no. Quiero que cada persona de este planeta recuerde constantemente que soy yo quien manda. Incluso yo me depilo para recordarlo.

Y llegas tú, retándome. Poniendo en duda mis normas, mi poder. Me divierte cuando humillas a los otros jugadores, cuando te ríes de mis ministros. Pero la ley sin vello es mi ley. Con ella os recuerdo que fui yo quien trajo la paz a este planeta. Quiero que te depiles. Diremos que no pudiste por la medicación de tu recuperación, pero en el próximo partido tu cuerpo volverá a ser liso.

No esperó respuesta, fui invitado a desalojar los aposentos del Procurador. En la residencia me habían trasladado de mi habitación soleada a un cuarto interior sin ningún tipo de lujo, sin mi lector. El resto de jugadores dejaron de dirigirme la palabra en público. Alguno me daba su apoyo en privado. Tenían miedo, era obvio que nadie se acercaría a mí hasta que me depilase. No querían que la ira del Procurador les afectase a ellos. Respetaba su decisión, no era fácil vivir en ese mundo, ser jugadores de PadelZero les daba cierta seguridad y yo la estaba arriesgando.

Quedaban tres días para mi siguiente partido, y no sabía qué hacer. ¿Sobrevivir a qué precio? ¿Morir con dignidad para qué?

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Proyecto Marte: El Gato (5)

Cuando aparecí en la esfera con barba conseguí que el estadio volviese a enmudecer, cómo sólo lo había conseguido con el primer punto que metí a Melias. Tras mi lesión de hombro, la masa esperaba mi vuelta a la esfera. Mucho se había especulado sobre mi estado de salud y yo había colaborado a ello no dejándome entrevistar u holograbar.

Era el chico mimado por el Procurador, seguía siendo imbatible, se me consentía todo. En mi último partido, a pesar que todo crujido de mi hombro se había oído por holovisión, no dejé de jugar y ganar. Dejé el estadio semiinconsciente y vitoreado.

Cuando volví, llevaba ya dos meses recuperado. Jugábamos dos partidos semanales y, justo antes de cada encuentro, nuestros cuerpos eran debidamente depilados. Con la lesión, nadie atinó a arrancarme el vello del cuerpo. Volví a sentirlo, recuperar mis cabellos negros y duros y apareció una barba fuerte y negra.

Me quejaba de dolores para ganar tiempo. Esperé a que la barba creciera. Cuando salí al campo de juego, la barba medía más de cuatro dedos. Había pensado dejarme también largo los cabellos, pero me molestaban al jugar y opté por dejarlos cortos, pero no afeitarlos. En los vestuarios hubo un gran revuelo al no dejarme depilar. Pero era el chico mimado del Procurador, nadie me llevaba la contraria.

Ocupé mi lugar en la esfera, aun con gravedad. A mi lado tenía a Rob, que me decía que estaba loco y que mi tontería le acarrearía a él problemas. Le respondí que sólo debía procurar que no le metiese más puntos de los habituales. Los dos observábamos el palco que ocupaba el Procurador.

Pensaba en el campo de refugiados, seguro que se alegrarían por lo que estaba haciendo. Si es que no me odiaban por haberles dejado sin sus raciones semanales de comida extra, tras mi marcha. Estaba retando al dictador que había destruido nuestras vidas. Estaba poniendo en duda la imbecilidad de sus normas. Puede que esa fuese mi última bravuconería, pero la estaba viendo todo el planeta. Estaba seguro que al menos a Allek le estaba gustando mi osadía.

Pero la esfera se colocó en gravedad cero, empezó el partido, el Gato volvió a humillar a su rival y el Procurador me mandó llamar.

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Proyecto Marte: El Gato (4)

Descubrí a Clarke de casualidad. Esperaba una recepción con el Procurador y me dejaron esperando, en una sala anexa al salón de recepciones, con un lector bibliográfico como única compañía. Sabía leer, claro, pero no se esperaba que un jugador de PadelZero lo hiciera. Creo que quien me dejó con el lector era un seguidor de Melias resentido.

Me dejé llevar por el menú, y accedí a “publicaciones ancestrales”. Había oído hablar que antes de la Era Oscura, era frecuente que los escritores escribiesen sobre como imaginaban el futuro, lo llamaban ciencia ficción. Me hacía gracia el concepto. Podía llegar a los libros que habían sobrevivido al Gran Debacle. De los pocos títulos que pertenecían a esa categoría de ciencia ficción me llamaron la atención dos obras, una novela llamada Pandora Despierta y un cuento, El Centinela. Como tenía poco tiempo, me decanté por el cuento y descubrí a Arthur C. Clarke… La próxima vez que veáis la Luna llena allá en lo alto, por el Sur, mirad cuidadosamente al borde derecho, y dejad que vuestra mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco.

 

Cuando fui requerido para presentarme ante el Procurador les hice esperar, no podía dejar de leer el relato en ese punto. Si así lo requiere el Procurador, luego me fusiláis. Pero a nuestro líder máximo le hacía gracia mi impertinencia. No bajaba la mirada en su presencia, no le reía las gracias. No había olvidado las palabras de Allak, pero sobrevivir no implicaría ser humillado por esa gente.

Por suerte, los deportistas vivíamos en un mundo aparte, consentidos en nuestros caprichos, siempre que dentro de la esfera lo diésemos todo. Y tras El Centinela, descubrí otras obras de Clarke que habían sobrevivido, Cita con Rama, El Jardín de Rama, 2061: Odisea tres. Me llamó especialmente la atención Las arenas de Marte, aunque lamenté que de esa obra sólo se conservasen algunas páginas. Me hubiese gustado ver cómo se imaginaban la colonización marciana mucho antes que el Proyecto Marte fuese, ni siquiera, un proyecto.

Me convertí en el raro en la residencia deportiva donde entrenábamos y vivíamos. No jugaba a sus juegos absurdos de cartas, no me dejaba tentar por las chicas que nos visitaban para que hiciésemos con ellas lo que quisiéramos. Me encerraba con mi lector, releyendo a Clarke, a Varela y al resto de autores ancestrales cuyas obras habían sobrevivido.

En el exterior era El Gato, en las instalaciones deportivas era el Raro. A mí me gustaba llamarme el Jugador que leía a Clarke.

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