Somos una especie despreciable

El escritor llega al Medusa poco después de las diez. Ocupa su mesa al lado del piano, junto del ventanal, dejando el mar como espectador de sus tecleos, que hoy está enfadado, se queja y rompe contra la playa y los arrecifes.

Han dejado las decoraciones navideñas, unas ramas secas envueltas con lucecitas blancas. Àngels le cuenta que se quedaran ya todo el año, la verdad es que quedan bien. El escritor hace tiempo que no ha podido escaparse un fin de semana para escribir, fiestas mediante, y este quiere aprovechar. No tiene que pedirle a Àngels la miel para el café, y le tuesta el bocadillo de jamón york a la plancha. Como dice el tópico, hogar es donde te sientes como en casa. Suena la música perdida de Mónica Molina.

 

Habíamos creído que la conectividad nos haría iguales para bien. Disponer de voz propia en las redes sociales, acceder a información directa sin mediar… Pensábamos que haría ciudadanos libres, informados y preparados para reivindicar sus derechos, movilizarse y construir una sociedad mejor.

Pero la voz propia la usamos para decir memeces o para que pensar que nuestro “y creo que” está por encima del criterio de profesionales o estudiosos. Cuñadismo, se ha venido a llamar. Pero es más grave que un mero chiste en twitter. Nos hemos cerrado a conocer, a entender, a aprender, tomamos nuestra cuenta en redes como si fuera una cátedra universitaria. Claro que tenemos derecho a tener una opinión propia, ¿pero en base a qué la tenemos?, hemos olvidado la razón crítica por el querer tener razón y el criticar por criticar.

Recuerdo un montaje fotográfico: unos tiburones en el metro neoyorkino tras unas inundaciones. Coló como verdad. Y así tantas fotos, así tantas noticias falsas que creemos ciertas. Lo superficial es matar durante horas a famosos en twitter, lo profundo es que no nos preguntamos si lo que vemos o leemos es cierto. Sólo lo creemos. Cuñadismo compartiendo noticias absurdas sobre tal o cual enfermedad en Facebook. Y no hablemos de la homeopatía, no hablemos.

Diréis que antes la opinión existente era la que marcaban los medios de comunicación masivos y sus intereses empresariales. Antes sólo había una fuente de información y nos decían qué saber o qué pensar. Mi queja es que no hemos usado estas herramientas para construir algo mejor, sino para creernos mejores al resto. El exponente, los youtubers despreciables: los que insultan gente por la calle, los que dan de comer galletas con dentífrico a indigentes. Lo grave es que lo hacen y no se arrepienten. Lo grave es que la gente ve sus vídeos y justifica como humillan a débiles o desprevenidos. Lo grave es que ganan dinero con ello, los youtubers y Youtube.

Somos una especie despreciable.

 

El escritor publica su texto en su blog, qué tenía algo abandonado. Cuando creó su identidad digital se prometió no meterse en temas políticos o conflictivos, hablaría de libros, literatura y máximo se quejaría del declive de lectores. Pero eso fue antes de darse cuenta que las identidades digitales dejaban florecer lo más despreciable de la humanidad. El escritor rebañó la taza de café buscando las últimas gotas de miel, mientras soñaba utopías robóticas.

3 pensamientos en “Somos una especie despreciable

  1. Qué razón tienes y qué pena me da. Sobre todo la parte de que el “y creo que…” está por encima de lo que digan los profesionales. Y además es complicadísimo luchar contra eso.
    ¿Qué opinión te merecería el hecho de que se eliminaran las identidades digitales y todo lo que hicieras en internet tuviera tu firma? Hay gente que propone eso para oponerse a lo que tú dices de que las identidades digitales sacan el lado más despreciable de la gente.

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    1. No tengo un criterio claro, pero creo que deberíamos tomar la norma de que a la gente que esconde la identidad (ni foto, ni nombre real, ni enlace a nada…) no deberíamos responderles, ni permitirles entrar en debates ni nada. Obligar es complejo, porqué lo complicaria cuando no son personas, sino entidades, empresas, colectivos…

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