Una mañana cualquiera

Empezó una mañana cualquiera, cuando se quedó sola en casa. Era probable que hubiese discutido con alguna de sus dos hijas o con su marido: poco importa. Llenó un vasito con el coñac de guisar y se lo bebió.

Algún mediodía mientras cocinaba se tomaba un culín. Algunas tardes mientras veía el culebrón vaciaba una copita de manzanilla. No pasó mucho tiempo hasta que el ceremonial se hizo diario: algún enfado que lo justificaba.

No sé quiso dar cuenta de ello cuando no pudo flambear los champiñones por qué no quedaba oloroso. En la lista de la compra anotó otra botella de fino y una de coñac. Flambeó los champiñones con whisky.

Pronto las botellas estuvieron en la lista de la compra semanal. Llenaba vasitos y no se justificaba en las niñas que no ayudaban en las tareas o en su marido que no sabía imponerse: «Déjalas que son jóvenes» acostumbraba a decir.

Le cambió el humor y se distraía a menudo. En casa se quejaban que la comida no estaba lista a tiempo: «trabajo muchas horas y solo pido llegar y encontrar el plato en la mesa»; o que la ropa no estaba limpia y planchada: «te dije ayer que necesitaba la falda, te pasas el día con la tele y te olvidas que tienes una familia».

La mandaron al médico, no estaba por lo que tenía que estar. Una rápida consulta sirvió para diagnosticar una leve depresión y recetar unas pastillas. Se tomaba unas por la mañana y otras por la noche y, como eran difíciles de tragar, se ayudaba con un poco de vino. En casa la vieron animada y se despreocuparon.

Una mañana se sintió triste. No se veía con fuerzas para ir al mercado. Un par de pastillas no fueron suficientes.

Morituri

Un pensamiento en “Una mañana cualquiera

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *