Ninguna idea vale una vida

Hace 10 años escribí este pequeño cuento, tras los atentados en Madrid. Hoy he vuelto pensar en él.

 

TREN

¿Cuantas venganzas cuestan una vida? Me hacía esa pregunta cada vez que subía a un tren. De niño, en un largo trayecto que me llevó des de Barcelona a Cartagena mi abuela empezó a leerme asesianto en el Orient Express. Puede que no fuera el mejor libro para un niño de onze años, pero estaba absolutamente mareado y mi abuela empezó a leerme aquel relato en voz alta, a ver si me calmaba, y así fué. La lectura de mi abuela parece que me calmó.

No acabamos de leernos la novela en ese viaje, y de vuelta a casame olvidé. Unos años más tarde, visitando a mi abuela volví a ver esa novela, ya amarillenta, sobre su mesilla de noche. ¿Te acuerdas que te la leí de pequeño?, me preguntó. Yo respondí afirmativamente, y le pedí la novela. Me apetecia acabarla. Empezé con ella esa misma noche y unos días después, causalmente, la acabé en un trayecto de tren de cercanías. Y me planteé esa pregunta, ¿cuántas venganzas cuestan una vida?

Me volví a hacer esa misma pregunta más tarde, cuando doscientas personas murieron en una venganza acometida en un tren. ¿Tan grande era el motivo de la venganza que merecían tantas vidas a cambio? Mi respuesta fue que no, una venganza no vale doscientas vidas, ni una vida puede ser el pago de doscientas venganzas.

 

 

Una venganza no vale una vida. Una idea no vale una vida. Aquí, o donde sea.

Un pensamiento en “Ninguna idea vale una vida

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