Tarta de limón

Versió en catalá aquí: Pastís de llimona

 

“Cuéntame un secreto. Cuéntame algo que no me hayas dicho nunca, algo que guardes muy, muy, muy al fondo de tu corazón. Algo que no te hayas atrevido a contarme a mí, ni a nadie.”

Lo pedía con su voz pizpireta y con esos hoyuelos en las mejillas que le salían cuando sonreía. Él la miraba con esa sonrisa tan trabajada, mientras jugaba con el tenedor con el último trozo de tarta de limón que quedaba en el plato. Le gustaba ese pastel, reservaban una tarde a la semana para compartir una porción. Era de esas pequeñas tradiciones de pareja que habían conservado con los años, sentados al lado del ventanal de esa cafetería ruidosa: sin los niños, sin hablar de trabajo o de la cañería del baño que volvía a perder agua.

“Cuéntame algo, anda.”

Y se lo contó.

 

Llegaba el verano, hacía mucho calor y fuimos a nadar al río. Nos creíamos mayores, nos juramos que ese verano saltaríamos de la Roca del Tuerto, tocaríamos el lecho del rio con la mano y recogeríamos una piedra. Y todo el pueblo nos respetaría, seríamos los más jóvenes en hacerlo. Dejaríamos de ser niños, seríamos hombres. Esa tarde yo estaba dispuesto, él dudaba. Desde arriba de la roca, el salto parecía mucho más alto. Desde abajo, nos jaleaban. Él no quería, pero lo convencí.

Uno, dos, tres. Los gemelos saltamos juntos de cabeza. Me sumergí, alargué la mano, recogí una piedra y salí a la superficie. Oí vítores, luego gritos. A mi lado, el cuerpo de mi hermano flotaba bocabajo mientras el agua se manchaba de rojo.

Dicen que me desmayé y que éramos tan iguales que, hasta que no desperté, no supieron cuál de los dos había… muerto. Aún me cuesta pensar eso, pensar que Daniel está… muerto. Porqué esa tarde, en el rio, murió Daniel porqué yo lo obligué a saltar. Y no fue justo, así que Daniel debía vivir, y Max dejaría su vida, para siempre, flotando en las aguas frías del río.

Y desde ese día que dejé de ser Max. Era Daniel quien quería estudiar medicina, a Max le iba más la ingeniería. Pero Daniel fue el mejor de la promoción y se especializó en neurocirugía, dicen que para poder salvar a otros chicos que se golpeasen la cabeza.

A Daniel le gustaba esa chica de ojos azules, a la que le salían hoyuelos en las mejillas cuando sonreía. Y se casaron, y es feliz con ella, y con sus dos hijos. Al mayor quisieron llamarlo Max pero me negué. Max se fue para siempre en la Roca del Tuerto.

 

“Cuéntame algo… que no sepa.”

Dijo Eva, pasando el dedo por el plato, recogiendo el último trozo de merengue.

 

A Daniel no le gusta que haga esto. Se enfadó cuando entré en la facultad de Medicina, no me dejó estudiar la noche anterior al examen del MIR, quiere moverme el trepanador cuando estoy operando. Pero es sólo una sombra que me observa y no puede tocar, sigue llevando ese bañador rojo, sigue teniendo trece años, sigue mojando el suelo tras él. Nos quedamos mirando muchas veces en la consulta. Los pacientes me cuentan su caso y yo hago como que los atiendo, pero observo a Daniel, de pie, tras ellos. Me desaprueba.

 

“Cuéntame algo que tampoco sepa.”

Eva se había aproximado más a la mesa. Su aliento de limón se mezclaba con el de Daniel, que había fijado la mirada en el plato vacío, sin sonreír.

 

Fue Daniel quien me llevó a ti. Yo no conocía a la chica rubia de los hoyuelos, eras su mayor secreto. Se ponía a andar delante de mí, yo no le hacía caso. Intentaba desviar el curso de mis pasos, taparme los ojos, empujarme. Un día cedí, por aburrimiento, y me dejé llevar por las huellas mojadas de sus pies descalzos que nadie más sabía ver. Cruzamos andando la ciudad, camino del estadio donde entrenaba nuestro equipo de fútbol, pero se detuvo ante tu colegio.

Se sentó en un banco, al otro lado de la calle. Yo hice lo propio a su lado. Sonó la sirena y las chicas salieron a tropel. Te vi, frente la puerta, observándome al otro lado de la calle. No te movías. El semáforo cambió de rojo a verde un par de veces. Cruzaste la calle, te acomodaste a mi lado y me dijiste que…

 

“… hacía mucho que no te veía. Pensaba que este verano te habías olvidado de mí.”

Y tú te quedaste mudo. Titubeando me contaste que estabas triste porqué había muerto tu hermano en un accidente en el río, y tú te habías dado un golpe y no recordabas muchas cosas. Habías llegado andando, por instinto, hasta ese lugar. Inventaste una bonita historia y me preguntaste quién era. A tu lado, Daniel se estaba riendo. Decía que mentías muy mal. Yo me quería reír, pero no era el momento, le dije que se callara o lo descubrirías todo.

Te conté que me llamaba Eva, y que nos conocimos en ese mismo banco. Los dos esperábamos a alguien, tú a tu hermano y yo a mi madre. Y que volviste muchas tardes, y me hacías compañía mientras no llegaban a recogerme. Me contaste, la última vez que nos vimos, que te ibas de vacaciones al pueblo de tus abuelos pero que, cuando empezase el curso, estarías esperándome en el banco.

Daniel me esperaba el primer día de colegio, como me había prometido. Llevaba un bañador rojo y mojaba el banco. Me contó que ese verano había dado un mal salto. Estaba triste por Max, su hermano gemelo, del que siempre me hablaba y aún no conocía. Y me pidió que te cuidara, porqué a él no podría.

El día que nos conocimos tú te pusiste a llorar y te tendí la mano, y me la cogiste. Esa tarde compartimos nuestra primera tarta de limón y me contaste tus planes de ser médico. Daniel, a nuestro lado, se lamentaba que Max se hubiese empeñado en morir en el río.

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