El viejo | Crónicas de las Hilanderas

“Siempre he hecho lo que he querido, y no vendrá nadie a decirme cuando debo morirme”. El viejo rey había salido de su cámara apoyado en su bastón, aunque por su vigor parecía que era el bastón quien se apoyaba en el anciano. Había vivido más que cualquier otra persona que había conocido, había sobrevivido a varios de sus hijos y nietos y a tres esposas. La muerte de alguno de sus legítimos herederos había provocado cierto conflicto sucesorio entre su prole sobre quien debería ser el nuevo rey. Y, eso, al anciano, le sacaba de sus casillas.

Tras un par de accidentes poco claros entre sus descendientes, parecía que el heredero había quedado claro: su cuarto hijo, el mayor de los vivos. Desde entonces, había prisas para que él muriese y el reino tuviera un nuevo señor. Estaba tentado de modificar su testamento y dejar sus tierras y el título al monasterio más cercano. Pero no quería que su familia pasara por la espada a esos pobres monjes. Y no le quedaba mucho tiempo, sabía que su hijo se las ingeniaría, más pronto que tarde, para que pereciera en un fatal accidente.

El anciano contemplaba su castillo des de las murallas. Le gustaba pasear por allí. Hablar con los soldados que defendían sus posesiones, su título. Pensaba que cualquiera de esos hombres sería un heredero más digno. Podría organizar unas justas, entre sus descendientes o entre todos los caballeros a su servicio. Duelos a muerte, sólo quedaría el mejor. Aunque luego no quedaría nadie para defender el reino, mala idea.

El hedor de los restos del pescado lo sacaron de sus meditaciones. Fuera de los muros, el bullicioso mercado proseguía, como todos los días. Le gustaba contemplarlos desde las alturas, mirar a lo lejos y vislumbrar los puertos que lo habían hecho rico, comerciando en el océano. Podría entregar el reino al pueblo… instaurar una república… sueños de anciano.

Ya regresaba a sus estancias cuando la ciudad se paralizó, todo quedó en silencio. Incluso los niños callaron, los perros, los caballos. Era cierto, había sonado tres veces el cuerno. El enemigo se acercaba. Sonrió.

El caprichoso hacer del destino podía decidir que el fuero el último rey de su linaje. Podía ser que en las próximas horas nadie de los suyos quedara vivo para reclamar las tierras.

Sus posesiones serían de los invasores. Pero no se lo iba a permitir. Él siempre hacía lo que quería.

No le daba la gana morir a manos de bárbaros, era mejor que lo matara su hijo.

 

Este cuento complementa a “El ejército tras el gigante de polvo”.

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