El ejército tras el gigante de polvo | Crónicas de las Hilanderas

Los augurios anunciaron que esa noche era la propicia para tomar la ciudad. Tras innumerables batallas, esa era el último reducto que les quedaba para llegar al gran océano. En algún lugar de su memoria quedaba el recuerdo del hogar, de su pueblo bañado de arena. En el camino había cruzado muchos ríos, nunca había visto tanta agua. No pudo evitar la tentación, y se dejó caer en el cauce de uno de ellos, mojando hasta el último rincón de su alma. Se sintió feliz, y casi murió ahogado. Tras otra victoria conocería el mar.

El cuerno había sonado tres veces desde la torre de vigilancia. Avisaban a la ciudad de su llegada. Una avanzadilla visitó el vigía en su atalaya y ahora su cabeza ahora presidia la marcha. No hacían rehenes, no querían esclavos, no aceptaban rendiciones, así lo mandaba su Señor. El día que había nacido, grandes lluvias convirtieron el desierto en lodazales. Era el elegido por los dioses para llevar su pueblo hasta las grandes aguas, para recuperar aquello que, una vez, les robaron.

Llegaron a las murallas cuando las estrellas gobernaban los cielos. La vidente había sido clara, “la noche os regalará el mar, el día os devolverá a la arena”. A sus pies, los restos de un mercado dibujaban la huida de los habitantes, que esperaban su muerte tras los muros de la fortaleza. La luna brillaba en las armaduras de sus enemigos, escondidos en los baluartes: la Dama de la Noche, enorme y resplandeciente, marcaba el camino del triunfo.

Los golpes del ariete hacían retumbar las puertas de madera de la ciudad. A pesar del aceite hirviendo y las piedras que les lanzaban, sus soldados no se amedrentaban. Los que caían eran sustituidos por otros, valientes voluntarios. Nadie podía vencer un ejército entregado a su Señor.

Estalló la puerta y entraron a tropel en la ciudad. Con una mano dirigía a su corcel, con la otra su espada segaba cuellos. Vivía la mayor de las glorias con el sabor de la sangre de los caídos en sus labios. En la vorágine, sintió un golpe en el cuello.

Una punzada de dolor en la nuca lo despertó. Abrió los ojos, y le cegó la luz del sol. Su destino había llegado.

Le deba miedo levantar la cabeza y descubrir si era de agua o arena.

 

 

Este cuento está inspirado en la canción ‘A mercè d’un so’ (A merced de un sonido) de Els Amics de les Arts, que os recomiendo encarecidamente.

Para los que no entendáis el catalán, esta es una traducción aproximada de la letra original: El vigilante de la torre de vigilancia deberá frotarse los ojos para confirmar que aquello no es un espejismo. Distinguirá siluetas humanas bajo el gigante de polvo. Hará sonar el viejo cuerno tres veces. Y la historia aquí, señores, quedará a merced de un sonido resonando entre montañas. “Que alguien lo oiga, por favor”. Una ciudad enfilando el atardecer de golpe se detendrá. Nadie de ese mercado se lo querrá creer. Entre miradas y manos a la cara, silencio sepulcral. Alguien llamando al cielo dirá: “Ya vienen”. Puertas cerrándose, los arqueros en la muralla cubriendo los baluartes, relinchos de mil caballos, ruido de espadas. Antorchas encendidas, adioses y promesas. Todos a defender. La noche por fin caerá. Nadie escondiéndose. El retumbar de un ariete. La ciudad mirando al rey que dirá con voz poderosa: “¡Encomendaos todos al cielo! Y luchad con todo y más, que es hoy que se decide si mañana todo es nuestro, si mañana ya no somos nada”.

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