Manos de oro, segunda parte | Crónicas de las Hilanderas

(Continúa)

Los viejos se habían agrupado alrededor del cuerpo caído del chico, mascullando improperios a los dioses que habían permitido eso, alabando la destreza con las hachas del visitante, pero nadie lo atendía. Por el alfeizar de una ventana apareció el bardo, con su cítara en brazos. Saltó y corrió por la arena, a los pies de su compañero. De la cítara salió una melodía perfecta que calló a los ancianos, y los apartó.

Entonó una melodía con su voz que iluminó el cielo de oro y naranja. Una cálida lluvia mojó sus cuerpos. Cada gota caída en las manos cortadas las diluía y un pequeño haz de luz salía de los muñones. De los tiernos dedos del músico caían gotas de sangre, que desaparecían en la lluvia. La luz cada vez era más intensa en ese solar, hasta eclipsar al mismo sol.

Cuando llegó la luna, el joven músico calló y la luces se apagaron. El chico despertó y observó sus manos, como si nunca hubiesen sido segadas. Se levantó y tomó la espada, sus manos resplandecieron con el brillo del oro. Eran fuertes y hábiles, todo su cuerpo parecía más fuerte y hábil.

La leyenda del guerrero de las manos de oro que liberaría al pueblo del tirano se extendió por todas las tierras del reino, cantado por la voz del bardo de la cítara, que lo acompañaba en el camino emprendido.

Cayeron guerreros armados con hachas, ante la veloz espada del guerrero de las manos de oro. Hasta que su filo segó el cuello del tirano, escondido en el último rincón del reino.

“Las hilanderas dibujaron la muerte del tirano en las manos de oro de un guerrero, y así lo propiciaron”, recordó la vidente en sus sueños.

Así lo cantó el bardo con su cítara.

 

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