Manos de oro, primera parte | Crónicas de las Hilanderas

La cítara sufría en sus cuerdas con los intentos poco diestros de hacerla sonar bien. Esa era la banda sonora de sus entrenos físicos matutinos, el chico con vocación de bardo que daba ritmo a sus movimientos de espada. No era hasta más tarde cuando llegaban los ancianos del pueblo a observarlo, a darle supuestos sabios consejos de cómo coger mejor la empuñadora o dar golpes fuertes y certeros. Si alguno de los viejos soltaba algún grito para hacer callar a la cítara, el soltaba uno mayor para que siguiera. A su modo, eran compañeros de instrucción.

En el cielo azul y abierto gruñó un trueno, que formó una nube negra de la que cayó un rayo, justo en el patio donde entrenaba. Cuando escamparon el humo que levantó el rayo, pudo observar una figura desconocida. Era un hombre enorme que le sacaba tres palmos de altura y cuatro de ancho de espalda. Iba armado con dos grandes hachas que movía como si fueran dos simples cuchillos. “Busco al guerrero de las manos de oro, que entrena su espada en este solar”, gritó el recién llegado.

“No conozco nadie llamado así, pero solo yo me ejercito aquí”, respondió. Los ancianos que no habían salido corriendo, callaban en un rincón, pero las cuerdas de la cítara seguían recibiendo golpes poco diestros. Sin tiempo a que pudiera mover su espada, el visitante lanzó sus hachas que seccionaron, limpiamente, sus muñecas.

“Así, el llamado manos de oro, por su destreza en armas, nunca podrá derrotar a mi señor. Y las hilanderas deberán reescribir  el futuro.” El desconocido soltó un grito al cielo, que respondió con un trueno, una nueva nube negra y un rayo que se llevó al visitante.

El chico cayó inconsciente al suelo, con los brazos sangrando.

La cítara calló, acabó el adiestramiento.

 

(Continuarà)

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