Todo brilla bajo el sol | Crónicas de las Hilanderas

Todo brilla bajo el sol y los cuervos marinos observan desde el peñasco. Nunca han acabado de entender la mala fama que tienen entre los hombres, por el color de sus plumas. Ellos sólo se dedican cazar peces. Graznan indignados cuando la comitiva pasa por su lado. El gran barco del Rey rompe las aguas presidiendo la comitiva. Tras él, doce barcos de guerra.

El Rey observa desde la proa de su navío. Sus acólitos lo observan varios metros atrás, esos momentos son propiedad inviolable. Romperla es jugar con su destino y su vida. Los graznidos sacan a su Majestad de su ensimismamiento. Les sonríe.

Los barcos de guerra esperan tras el peñasco. Sólo ha continuado el barco real. Los cortesanos cierran los ojos, como es prescriptivo.  El Monarca se desprende de sus vestiduras y observa el mar.

El Rey ordena que el barco pare, es un sitio propicio. “Cómo hubiese sido cualquier otro”, piensa. Pesadamente sube a la barandilla de proa, su dignidad no le permite hacer el ridículo.

Los cuernos graznan al oír el ruido de un cuerpo cayendo al mar. El Rey se deja hundir en el mar, con el peso de los grilletes que le apresan tobillos y muñecas.

Un pueblo que regala la vida más preciada, la de su soberano, al dios de los mares para que les regale una era de buenas pescas.

“Absurdos humanos”, graznan.

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