Cuentos crecientes: Una visita inesperada 5/5

Y corrió por el bosque, huyendo, sin mirar atrás. El bonito vestido azul se llenaba de jirones, tras engancharse en los arbustos. La cinta que recogía sus cabellos dorados debía haber quedado colgada en algún tronco.

No había parecido tan largo el paseo de ida, ni tan cerrado el bosque. Recordaba las florecillas, los pájaros cantando y cómo había llegado, sin darse cuenta, a ese claro, con esa pequeña casita. ¿Por qué había entrado?

Corría sin aliento, intentando apartar las ramas de su cara,  buscando el camino que la llevara de vuelta a casa, con brazos, piernas y cara llena de arañazos. Cayó, sintiendo las piedras clavándose en sus rodillas, rodó por el suelo, oyendo aún los gruñidos tras ella.

Jadeando, procuró levantarse. Las arcadas devolvían a su boca el sabor de su última comida. ¿Por qué se habría sentado en esa mesa? Cayó de nuevo al suelo, sintiendo el vómito subiéndole por la garganta, esperando que un zarpazo la liberase.

El pequeño oso recogió una cinta azul de su cama y, mirando a sus padres, preguntó: “Mamá, ¿por qué esa niña mala se comió mi sopa y rompió mi silla? No lo entiendo, no le hicimos nada malo, y se fue corriendo y chillando. ¿Hemos hecho algo malo, papá?”

La versión oficial: Ricitos de oro

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