Cuentos crecientes: Bajo el mar 5/5

Haz lo que de ti se espera, dulce niña. Sé dócil y atenta. Fuera no hay nada deseable. Quédate aquí, mi pequeña. Acuérdate de aquella de nosotros, que tantos años atrás, salió a la superficie, se enamoró de un hombre, renunció a su cola por amor, fue repudiada, y murió convertida en espuma del mar.

Había oído la historia de la princesa desdichada una y otra vez, pero entre las mayores se contaba otra versión: la sirena que había renunciado a su voz había sido correspondida en el amor y vivió muchos años de felicidad convertida en reina de los hombres. Ella haría lo que quisiera cuando fuera mayor, saldría a la superficie y, si le apetecía, encontraría a su príncipe.

Y recuerda, no escuches los cánticos de las sirenas. Cuando lleguemos cerca de sus mares, tápate bien los oídos. Sus bellos cánticos te hechizarían, te lanzarías al mar y morirías en sus despiadados brazos. Muchos marineros han perecido en esas aguas, y no quiero que mi hijo sea uno más de ellos.

Sirenas. Supersticiones de marinos que pasaban demasiado tiempo lejos de la costa. El oleaje, la sidra y el ron les nublaban el sentido. Él no creía en cuentos de hadas. Les demostraría, cuando llegasen, que nada hay que temer allí. Si por casualidad hubiese algo de cierto en esa leyenda, sacaría a la sirena del agua por el pescuezo y la asarían para cenar.

Cuando el joven marinero se lanzó por la borda y abrió los ojos bajo las aguas se encontró con una bella chica con cola de pez. La joven sirena se halló, por fin, delante de un humano, mirándose fijamente. A menos de un palmo de distancia se observaban quietos, durante unos segundos que parecieron eternos. El joven marinero subió flotando hasta a superficie. La sirena nadó tan rápido como supo hasta el fondo. Esto no ha pasado.

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