Cuentos crecientes: Confesiones a una calabaza 5/5

La verdad es que la chica me dio pena. Esa semana me tocaba guardia y había poco trabajo, así que tiré de casos sin resolver. Y estaba ella: la pobrecita huérfana (las hadas somos propensas a que las huerfanitas nos caigan bien, será porque no somos madres y nos sale el instinto maternal) que vivía esclavizada por su madrastra y hermanastras (nos suelen caer mal las “-astras”).

Reconozco que parecía un poco boba. “Chica, ¡un poco de sangre en las venas! No te dejes pisotear tanto. Métele mala leche, laxante en la sopa o algo”. Tú llegas allí, y le pones un vestido monísimo, unos zapatos que ni Jimmy Chu, la peinas, maquillaje, depilación, manicura, pedicura… Y que no tiene suficiente: “que no sé cómo ir al palacio”. “Chica, píllate un taxi”. Y le haces una carroza espectacular. Y, ala, a ligarse al príncipe.

Que vamos, yo debo ser algo progre para mi época, pero que un príncipe chulito se monte un mercado de carne en forma de fiesta para ver a qué chica del reino se fo… perdón, para encontrar esposa… Me parece algo machista. Pero bueno. Y allí que llega ella, tarde, claro, seamos tópicos, ¡la mujer siempre llega tarde!

Y se lo dije: “Chica, date prisa, que mi guardia acaba a medianoche y luego ya el caso pasa a otra compañera y nos la jugamos que con el traspaso de papeleo el expediente se extravíe y todo los hechizos se vayan al garete”. Y va ella y se hace la remolona y hasta última hora no se deja querer por el príncipe y tiene que salir por patas y pierde uno de mis zapatos. La pasta que me costó en la tienda que me los prestó, que la gente no valora que valen unos buenos zapatos de cristal.

Por suerte, todos los hombres son iguales, ahí sí vale el tópico: al príncipe le gustó la chica que lo había dejado plantado en la fiesta. Que luego, una vez casados, se diesen cuenta que no sabían nada el uno del otro ya no es responsabilidad de la Hada Madrina.

 

La versión oficial: La Cenicienta

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