Cuentos crecientes: El huso 5/5

Encontraba un extraño placer en pincharse con el huso de hilar. Apoyaba ligeramente la yema del dedo índice sobre la afilada punta de la aguja, dejaba caer la mano y sentía como aumentaba la presión sobre la piel del dedo hasta que la aguja la penetraba. Un escalofrío le recorría la espalda cuando una gota de su sangre descendía por el acero hasta teñir de rojo el hilo blanco.

La cría seguía bella, hechizadamente durmiente, con su perfecta melena rubia, sus mejillas rosadas en su tez blanca, en sus quince años eternos. Ella había envejecido, a pesar que el polvo de un centenar de años había ocultado cualquier superficie donde se pudiera reflejar, se veía vieja en sus manos, en sus dedos delgados, huesudos, manchados.

“Cariño, eres un poco dramática.” La verdad, lo era. Vamos, que ella se había excedido con maldecir a la niña con la muerte, pero la otra ya podía haber dicho, no sé, “cuando se pinche, entrará en un profundo sueño… de dos semanas”. Y la podría haber avisado que todo el palacio dormiría con ella y que nadie podría entrar ni salir de allí hasta pasados cien años. Porque claro, siendo bruja no se durmió, pero no pudo salir.

Hoy la cría cumplía ciento quince años. Hoy acababa todo. Con el dedo aun sangrando se arrodilló frente a ella, y pintó con su sangre los labios de la durmiente. Descendió las escaleras de la torre más alta del castillo, esquivando los cuerpos de los lacayos dormidos. Reverenció en el trono a los reyes durmientes. Esperó detrás de un helecho el paso de un joven bien formado y bello. Un buen príncipe para la cría. Y salió del palacio.

El príncipe notó un extraño sabor a sangre cuando besó los labios de la bella princesa durmiente, un sabor que le recorrió la espalda con un escalofrío de placer. Buscó ese placer en los besos que daba a su bella princesa todos los años que estuvieron, felizmente, casados, pero nunca lo volvió a sentir.

La versión oficial: La Bella Durmiente del Bosque

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